Oralidad desafiante

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Uno de los libros de consulta más importantes dentro de la bibliografía que he diseñado para el curso “Canto a lo Poeta: Historia, estilo y filosofía” es el texto del gran Walter J. Ong; Oralidad y escritura (1982). Texto clave en la comprensión moderna del pensamiento de las personas que no han sido alfabetizadas. Si bien esta obra me parece sumamente potente e interesante, la aprecio más por las repercusiones que tuvo. Efectivamente, cualquier académico, teórico o investigador de las culturas ágrafas no puede permitirse pasar por alto de este libro, siendo una referencia obligatoria.
Tiene bastante carne, recias reflexiones suscita su lectura y obliga a seguir leyendo al respecto. Si bien la oralidad pasa un poco desapercibida en el mundo altamente tecnologizado en que vivimos y, en incontables ocasiones, se menosprecia e invisibiliza a quienes son ágrafos, todavía hoy sigue siendo un desafío importante el de alfabetizar.
No se trata de que el proceso mismo de aprender a leer y adquirir una relación simbólica con el lenguaje cambie solo actitudes, la adquisición de formas lógicas de evaluar el conocimiento y la consolidación de ciertas habilidades de clasificación y taxonomía; no se trata solamente de eso, insisto, sino de que quien no puede leer cuenta con muchos desafíos extra en lo cotidiano.
Piense Ud. en lo difícil que se hace desplazarse en el transporte colectivo, dar con una dirección desconocida, comunicarse con otra persona si no es cara a cara, o encontrar trabajo solo por poner algunos escuetos ejemplos en torno los cuales reflexionar.
Confieso que el mundo de la oralidad me es atractivo en grado sumo, la gran parte de mis maestros y/o referentes dentro de lo que al canto campesino respecta o bien han muerto siendo analfabetos o han sido analfabetos funcionales y, en caso de haber tenido escolaridad, fueron formado por otros maestros que no tenían relación con el lenguaje escrito. Es por eso que sus métodos de enfrentar al mundo son en ocasiones un poco ajenos para nosotros, los sujetos de mentalidad altamente lectora y escolarizada.
Aún oigo la voz gastada y humilde de Don Manuel Saavedra, uno de los últimos cultores naturales del guitarrón chileno, oriundo de Pirque y heredero de una tradición valiosa, diciéndome: “Que bueno Gabrielito que Ud. sabe leer, así puede aprender los versos que quiera. Yo nunca supe juntar las letras y por eso aprendí poquito”. Su concepto de poco y el mío distaban bastante, cierto es que miraba al mundo de la escritura como si fuera muy superior. Evidentemente lo fue en alguna instancia, cuando saber leer y/o escribir podían hacer la diferencia entre ser un peón más en un fundo o, por el contrario, ser capataz con mejor sueldo, haberes y capacidad de jefatura.
Manolito venía de esos tiempos, en que llegar a la escuela era el equivalente a lo que en la actualidad sería tener un post-grado; una realidad cruda, vigente aún en nuestros campos.
Audilio Reyes, Pedro Tapia, Santos Rubio, Osvaldo “Chosto” Ulloa, son otros sabios del mundo exclusivamente oral; con quienes logré trabar amistad o conocerles, al menos, indirectamente a través de los testimonios que han dejado a su paso.
Son mentes curiosas, con habilidades poco frecuentes y que por ello brillan con luces distintas a las que posee quien ha a adquirido su sapiencia mediante los libros, exclusivamente.
Por ello es que he tratado de ir cada vez más atrás en el tiempo y el espacio, preguntándome: ¿Cómo habrán sido las interacciones humanas en un mundo exclusivamente oral y carente de toda forma de escritura? Aunque resulte paradójico la única forma que tenemos de llegar a ello es a través del lenguaje escrito. Y es así que revolviendo las aguas superficiales del mar del estudio lingüístico he podido llegar a cavilaciones, reflexiones y descubrimientos bellos.
El primero que comparto es acerca del duelo de Taguada y De la Rosa, la primera paya de la que se tenga registro, ¿Qué tipo de registro? Escrito, justamente. Lo que me lleva a pensar en que no es inocente que resulte vencedor, justamente, aquel bardo que ha adquirido información, datos y cultura desde la academia, en vez del ingenioso Taguada; proveniente del mundo de la oralidad. Más curioso resulta aún que se haya debido inmortalizar en lo escrito dicho duelo transcribiéndolo desde el relato de testigos a quienes jamás les interesó plasmar lo oído en esas míticas noches, en un papel.
Una segunda cavilación muy amplia fue: ¿Será posible encontrar algún individuo igualmente oral y no oral? Difícil pregunta, de hecho, no tengo una respuesta que no sea la mera especulación. Afortunadamente, encontré un momento histórico mixto, igualmente oral que no oral remontándome a la cultura griega. Dejando de lado el debate eterno de si Homero estaba capacitado para escribir sus obras o si bien alguien lo hizo por él, encontré una gema literaria escrita en 428 A.C. por Eurípides, su nombre: Hipólito.
No quisiera arruinar a nadie la sorpresa de este guión, por eso solo diré que el evento principal de la trama puede ser resuelto al leer una suerte de carta en una tablilla. Uno de los protagonistas así lo hace, exclamando: “La tablilla grita cosas horrendas, ¡cosas terribles! He visto un canto horripilante entonado en sus líneas escritas”. Estas aseveraciones podrían pasar desapercibidas en el mundo del teatro, pero al pasar los ojos sobre ellas se evidencia algo que no cuadra, hay incongruencias. Los textos no cantan y la oralidad no se lee en nuestros tiempos, no obstante, en ese período específico de Grecia no resultaba algo tan extraño.
En estos momentos estoy comenzando a aproximarme a “La mente no escolarizada” del célebre Howard Gardner y, aunque he leído una pequeña fracción, me resulta un libro muy atractivo.
El mundo de la oralidad tiene mucho que ofrecernos, sigue vigente, sigue latente, sigue presente aunque no lo veamos o queramos hacerlo invisible en pos de parecer más sofisticados y avanzados. En silencio permanece en algún rincón, desafiante a ser descubierta en profundidad, a revelar todo su valor a nosotros, los ignorantes que solo sabemos leer.
 

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