Extranjero en mi país

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Hace 20 años atrás, en mi país, todos hablábamos español, mal, pero español, al fin y al cabo, ver a alguien de raíces africanas era muy, muy raro, comíamos lo que estábamos acostumbrados a comer y los barrios eran los de siempre.
Pero nada es eterno y todo ha cambiado:
Hace poco sufrimos los efectos climáticos de una ola de frio y por supuesto, los medios de televisión encargados de vender preocupación, sobre todo los canales de televisión, se encargaron de disminuir la sensación térmica con entrevistas callejeras a primera hora de la mañana. Al ser abordados 5 peatones bien abrigados, pero aun así tiritando. De los 5, 4 tenían acento extranjero. Ya se han formado barrios con colonias predominantes donde se puede comprar su comida típica en las calles.
Caminando por ahí, sin importar cuál ahí, es fácil escuchar diferentes acentos, y no de turistas conociendo tierras diferentes.
Desde siempre hemos recibido asiáticos y de cierta manera estábamos acostumbrados a los restoranes chinos por todos lados, pero en poco más de 10 años, se han multiplicado los restoranes peruanos, colombianos, venezolanos, ...
Gran iniciativa del registro nacional de identificación, el organismo estatal donde uno obtiene su DNI, tuvo la brillante iniciativo de que su señalética fuese escrita en español y en mapudungun, una lengua originaria de chile y ahora también se ha incluido el creol hablado en Haití y cada vez más aquí.
¿Bueno o malo?
Cada uno tendrá su opinión muy bien argumentada, pero da lo mismo porque nada cambiará la mundialización no solo se produce en el mundo virtual de internet sino también en el mundo físico.
Como todo cambio social, tiene aspectos positivos y otros negativos.
Dentro de los positivos sin duda es que, para asegurar una buena convivencia, deberemos incrementar nuestra tolerancia hacia lo distinto, a eso que nos es ajeno e incluso incómodo para nuestra idiosincrasia, y no me refiero solo a las preferencias sexuales, tan manoseadas como motivo de lucha.
De lo negativo es que hace décadas comenzamos a tomar Coca-Cola, cada vez más Mac Donalds y Starbucks, con el riesgo de dejarnos sin la riqueza de los matices.
Fuimos y estamos siendo víctimas de una invasión económica, a la cual ahora se suma una fuerte inmigración humana.
No tengo la solución como para conservar los relieves culturales y no transformarnos en una llanura de homogeneidad.
Quisiera seguir comiendo porotos con rienda, diciéndole palta al aguacate y porotos a los frijoles, tomándome un terremoto de vino pipeño con helado de piña, bailando cueca, llegando al banco antes de las 2 de la tarde, no porque sea mejor ni peor que una arepa o el plato llamado ropa sucia de los cubanos, tampoco porque mi baile nacional sea mejor que el merengue o la bachata, tampoco porque aprender a tocar guitarra bajo la higuera a las 12 de la noche de San Juan sea mejor que comer pan de muertos mientras la gente desfila vestida de muerte.
Quisiera seguir conservando mi identidad, no desde un punto de vista egoísta o egocéntrico, sino para conservar la diversidad cultural de nuestro pequeño planeta.
No quiero ser extranjero en mi país, preferiría seguir siéndolo en los otros 194 países diferentes al mío, según las fronteras actuales.
Pangea fue el inicio del planeta, pero hace millones de años que nos separamos geográficamente en continentes y culturalmente en países y grupos sociales.
Con tolerancia y voluntad, podremos aplanar la cancha en el juego de la vida, pero conservando cada uno la camiseta de su propio equipo.
 

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