Mona vestida de seda

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Cada vez me convenzo más de que estamos no solo rodeados por los cuatro costados, sino que verdaderamente envueltos por simios vestidos de trajes lujosos que han llegado a esferas de poder teniendo como única virtud, el saber sobre la cabeza de quien se paran, a quien sonríen y a quien le dan la mano para luego tomarle el codo y después todo lo que se pueda. Se debe considerar eso sí que la culpa nunca ha sido del chancho, sino de quien le da el afrecho y hemos sido nosotros quienes hemos nutrido tan nefasto sistema lleno de hambrientos porcinos. Ya la hicimos y ahora lo más difícil, a deshacer cambiando desde dentro un sistema que ha perdido todo ideal como guía de su actuar. Quizás sea un enfoque con cierto romanticismo sepia, pero me da la impresión que antiguamente, pero no en la prehistoria, detrás de cada conglomerado dirigiendo los destinos de un grupo humano, existía un ideal social con sólidas bases teóricas. Hubiésemos estado de acuerdo o no, los socialismos, fascismos, marxismos, comunismos, nazismos, todos los "ismos", se regían por preceptos que al menos para quienes comulgaban con ese ideal, eran válidos al pretender cambiar la sociedad. Hoy en día esa forma de actuar se ha relegado a pomposos discursos sin ninguna posibilidad cierta de llegar a algún lugar. Izquierda y derecha unidas jamás serán vencidas. Es tan evidente el acuerdo tácito de "déjame robar a mí que ya te dejaré robar después a ti", que quienes llegan a la política lo hacen solo con pretensiones comerciales. Se gastan fortunas en campañas porque se toman como una inversión que tarde o temprano rentará mucho más de lo invertido. El objetivo es llegar al poder y una vez ahí, hacer el lobby necesario para ser reconocido por sus pares y permanecer en el olimpo de los elegidos. Con la computación ha llegado el recurso facilista del copiar/pegar y los legisladores copian leyes sin cambiar siquiera una coma ni adaptarlas a la realidad social donde serán aplicadas. Todo cambio tiene como origen, un desasosiego con la situación vivida y actualmente el descontento es generalizado a nivel planetario. En dictadura solo se escucha la voz del dictador capaz de acallar so pena capital, los gemidos del pueblo. En la mayoría de las democracias contemporáneas, el pueblo tiene todo el derecho a gritar hasta que sus voces se acallen por cansancio, sin ser jamás oídas por quienes enarbolan la bandera pluralista con un asta individualista. La democracia es la más imperfecta manera de gobernar pero es la única posible. Se deben recuperar los espacios de opinión gravitante, no esos entre cuatro murallas donde cada intervención es aplaudida por irrestrictos seguidores incapaces de llevar el mensaje más allá del claustro ideológico en el que se encuentran encerrados. Se deben recuperar todos los espacios de encuentro ciudadano. La calle, ese espacio donde de verdad existe la democracia opinante pero por sobre todo actuante. La calle es de todos y de ninguno. Grandes cambios sociales han tenido su inicio en la calle, entre bandos opositores incapaces de sentarse a dialogar pero si a tener verdaderas batallas campales como las del medioevo en que la masa era más importante que el armamento. Así como un instrumento se potencia al ser tocado con otros ya que cada una de sus mínimas imperfecciones llegan a producir un sonido único, al sumarse individuos con enfoques diferentes sobre un mismo asunto, la solución pareciera estar más al alcance. Antes de enfrentarnos con el oponente, debemos enfrentarnos con nosotros mismos para encontrar el valor que nos permita actuar.

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