Mendigo Vagabundo

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Sin temor a estar muy equivocado, creo que todos nosotros en nuestro fuero interno hemos querido alguna vez ser un poco vagabundos y temido la posibilidad de llegar a ser algún día mendigos. Existen quienes de manera errada, tienden a confundirlos, metiéndolos a los dos en el mismo saco del vagabundo a pesar de sus enormes diferencias. Mendigo es quien pide limosna apelando a la caridad de otros y no siempre lo hace por necesidad ya que en la sociedad contemporánea existen verdaderos profesionales de la mendicidad. No me refiero a alguien mal oliente vestido con harapos sino a ciertos personajes incluso mundialmente conocidos que utilizan toda la tecnología disponible para sensibilizar a ilusos que creen que con un donativo a tal o cual agrupación, están comprando el perdón a tanta falta cometida. Existen a escala planetaria pero también a pequeña escala en muchas esquinas de algunas grandes ciudades. Trabajan solo en los horarios punta a sabiendas que la masa de posibles donantes es mayor y que por simple estadísticamente a más de alguno le llegará al corazón su estudiada puesta en escena, surtiendo el efecto recaudador deseado. Con uniforme de trabajo adecuadamente sucio, tan sucio como sus intenciones, mal oliente y un estribillo en tono lastimero que repite una y otra vez hasta el agotamiento, logrará completar la cuota para irse a descansar, eso sí, después de haberse cambiado de ropa, lavado, peinado, perfumado y cambiado el tono. Por supuesto existen los de verdad, esos a los que la vida los ha maltratado despiadadamente, pero piden con tal honestidad no ensayada que no logran llegarle ni a los talones a los profesionales, ni en la lastima provocada ni en la recaudación.
Un vagabundo en cambio, es quien por decisión propia, ha optado por alejarse del sistema tildado por la mayoría como de normal. Como una tortuga que se mueve a paso lento, lleva consigo sus pocas posesiones y por lo general va acompañado de un perro, su mejor amigo, que suele llevar en brazos. Nunca pide limosna. ¿Y para que si en la basura de toda gran ciudad existe todo lo necesario para sobrevivir? El vagabundo deambula por la ciudad quizás buscando las respuestas a las preguntas que todos nos hacemos pero a las cuales renunciamos rápidamente sin esforzarnos en encontrar. Compramos nuestra paz con distractores que nos atan a la cadena productiva para generar dinero con el cual comprarlos. ¿Alguno de nosotros sería capaz de renunciar a todo y vivir solo con la propia consciencia? Como un monje que se aleja de la sociedad para demostrarnos que se puede vivir por y para dios, los vagabundos invisibles para quien no los quiere ver, son parte de ese paisaje urbano que por cotidiano, pasa desapercibido para nosotros, los habitantes de ciudades cada vez más impersonales. ¿Cuantas historias nos podría contar un vagabundo sobre su supervivencia? ¿Por qué habrán tomado esa decisión tan drástica de alejarse de la sociedad pero sin abandonarla? ¿Cuánto podríamos aprender de ellos si nos despojasemos de prejuicios y nos acercásemos a otra realidad? No pretendo hacer una apología a lo que muchos podrían considerar miseria pero si sembrar la curiosidad sobre la multiplicidad de realidades urbanas, de vivencias humanas que nos hemos acostumbrado a no ver.
Quizás y solo quizás, la próxima vez que veamos a un mendigo no contribuyamos a engrosar sus arcas y al cruzarnos con un vagabundo, nos acerquemos para hablarle y tratar de conocer más acerca de su periplo por esta vida.

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