Inocencia infantil

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Hace un tiempo ya, viví una tremenda experiencia de vida gracias a la palabra.
Con el colectivo de Cuentacuentos al cual pertenecía, nos ganamos unos fondos estatales para desarrollar un proyecto de fomento a la lectura contando historias en cárceles tanto de hombres como de mujeres y en colegios con niños en riesgo social.
Lo de las cárceles lo compartiré en otro artículo.
Básicamente la actividad con los estudiantes estaba dividida en 4 partes.
1.- Contar las historias.
2.- Hacer un pequeño conversatorio a manera de taller y producir un intercambio entre los niños ayudado por nosotros a manera de monitores.
3.- Hacerles entrega de unos cuentos breves.
4.- Compartir algo sano para comer y beber algunos jugos o leche con ellos en un ambiente ya más distendido.
La primera dificultad:
Poco público ya que a pesar de tener el colegio una cantidad de alumnos matriculados más que razonable, teniendo unos padres no comprometidos con la educación de sus hijos, los niños obviamente preferían dormir a levantarse temprano, para después vagar por su barrio, haciendo así muy difícil romper el círculo de la pobreza.
La segunda dificultad:
En los contactos previos con el colegio, pedimos un nivel etario alrededor de los 10 años y con tan poco público, las profesoras decidieron incorporar a la actividad a los más pequeños quienes aún no sabían ni leer ni escribir pero asistían al colegio porque así sus padres se liberaban al menos por unas horas de la indispensable educación que todo padre le debe dar a sus hijos, además de que en el colegio recibían alimentación gratuita. No estábamos preparados para ese tipo de público.
Echamos mano a nuestro cofre de historias y aunque no los habíamos preparado de antemano, logramos cautivar a los niños quienes respondieron a nuestra entrega con unos ojos muy abiertos y un respeto pocas veces visto.
Nuestra propuesta era realizar al menos 2 actividades por lugar, con un mes de separación entre ellas.
La segunda vez que fuimos a ese colegio, lleno total. Parecía que se había corrido la voz de los más pequeños a sus hermanos mayores y todos querían participar de la magia de la palabra.
Pero más relevante que eso fue que las profesoras de los más pequeños, después de nuestra visita hicieron que los niños crearan un cuento.
Una hoja la doblaron por la mitad y así obtuvieron 4 caras. En la primera un dibujo hecho por el niño con el título del cuento. La segunda estaba encabezada por el típico inicio de un cuento infantil "Había una vez..." La tercera "...y entonces..." Y por último en la cuarta carilla "...y al final"
Siendo niños que aún no aprendían a leer ni escribir, ellos "escribían" rayas y a pie de página la profesora escribía lo que el niño iba relatando.
Al final de la segunda sesión una pequeña niña se me acerca y tímidamente me dice con voz casi imperceptible que me regala su creación literaria.
No son las palabras exactas del relato pero el fondo es imposible de olvidar.
Título: La princesa triste.
Había una vez una niña que vivía con sus padres y hermanos.
Y entonces se fue a jugar al bosque, se subió a un árbol y se ahorco.
Y al final la familia estaba tan triste que todos se tiraron al río y se murieron.
Este relato es el producto de una mente infantil de 5 años. Seguramente era hija de una madre prostituta, un padre alcohólico, hermanos traficantes y de seguro sufría violencia intra familiar y/o abusos sexuales.
Sin embargo ella fue una de las más atentas a los relatos de fantasía positiva que les quisimos entregar y quiero creer que fuimos capaces de sembrar en ella, la curiosidad por la lectura donde puede encontrar los caminos para superar su condición.
No la volví a velar pero guardo ese cuento como el más preciado de mis tesoros para no olvidar la potencia de las palabras capaces de reflejar la angustia de una pequeña niña y a la vez entregarle la posibilidad de superarse para no repetir ella misma en la persona de sus hijos la espeluznante relación de una niña con su entorno.

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