In comunicación in

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Los diferentes grupos sociales, adquieren y reafirman su identidad a través del lenguaje. Ya sea por sonidos gradualmente complejos o gestos, poco a poco se va puliendo el uso de convenciones hasta transformarse en códigos comprensibles solo por quienes los comparten. El mejor ejemplo de esto son los idiomas completamente diferentes dependiendo de la latitud del planeta donde se hayan originado. El lugar o territorio no solo está definido por condiciones geográficas sino por grupos que sociabilizan de maneras diferentes, por lo que también existen códigos específicos en ámbitos tan diferentes como la milicia, la medicina, el grupo etario e incluso se dan sub lenguajes no oficiales entre los diferentes grupos sociales de una misma comunidad. Los jóvenes van modelando el lenguaje hasta hacerlo propio y las más de las veces, incluso incomprensible para los adultos como una manera de identificarse con sus pares pero sobre todo, como método de diferenciación con los adultos. Los delincuentes llegan a desarrollar un coa o argot especifico en constante cambio como una manera de comunicarse en clave y las policías deben capacitarse continuamente para tratar de entender.
Alguna vez se especuló sobre el esperanto como un lenguaje universal pero como todas las utopías, por más que se tenga fe en su posibilidad, es muy poco probable sino imposible que llegue a ser real.
Pero ya que la comunicación va más allá de lo meramente verbal, si podríamos especular sobre la existencia de un lenguaje universal: el lenguaje del arte.
No es puramente verbal o visual, no solo es capaz de tocar cada uno de los 5 sentidos que nos permiten tener consciencia del mundo en el que nos ha tocado vivir, es global por cuanto es capaz de llegar a lo intangible del sentimiento humano, ese que nos diferencia de otras especies vivas.
Las emociones provocadas por una buena obra de arte trascienden al tiempo, el espacio y las culturas. Los llamados clásicos del arte nos transmiten incluso ideas anidadas en el sub consciente del autor que no son más que una porción del inconsciente colectivo de la sociedad donde se produce el supremo acto de creación capaz de traspasar cualquier barrera.
Y ya que en todo acto de comunicación, para que este exista deben existir un emisor y un receptor, ha llegado el momento de transformarnos en emisores de nuestros sentimientos a través de la obra creada.
Todos tendremos siempre algo que expresar; un sentimiento, una emoción, una alegría, una pena o solo divagar.
Así como la reacción instintiva natural ante un dolor es el grito, la reacción a cualquier sentimiento debería ser la de expresarlo para, al compartirlo, sublimarlo o diluirlo. Lamentablemente nuestras conciencias están secuestradas por el ostracismo de entes productivos para otros aunque pocas veces para nosotros mismos.
Un niño demora tiempo en aprender a hablar pero desde su nacimiento tiene las herramientas básicas para comunicarse y ser comprendido por quien lo ama incondicionalmente, su madre, quien es capaz de distinguir a la perfección un llanto de dolor, uno de sueño o uno de hambre. El bebé poco a poco y sobre todo por imitación, va desarrollando métodos de comunicación más complejos al establecer asociaciones no tan evidentes.
Las artes en su amplia gama fortalecen todos nuestros mecanismos comunicativos y no me refiero solo al lenguaje ya sea oral o escrito. Una mirada, una respiración, los silencios, los ritmos, el ser humano en sí mismo es una herramienta comunicativa y ya que la mejor manera de tener una buena convivencia es comunicándose, aprendamos de las artes la maravillosa manera de comunicar nuestros sueños, penas alegrías y aspiraciones.
Para que la incomunicación se transforme en in comunicación, vivamos arte.
 

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