Abducción

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Hoy me di cuenta que estoy siendo gradualmente abducido por la tecnología. En mi bolsillo un teléfono inteligente con el poder de idiotizar a muchos, en mi muñeca un reloj capaz de darme más información de la que necesito y en mi mochila el arsenal; disco duro externo porque ya no me gusta cargar el notebook, pena drive, tarjetas SD y micro SD, cd's, batería auxiliar de recarga, tablet, varios cables USB, cámara digital y en breve seguro incorporo algún dispositivo de tinta digital.
Teóricamente la tecnología llegó para liberar al hombre de tareas que ocupaban todo su tiempo y darle así la oportunidad de ocuparse más de sí mismo y de su espíritu pero igual que en las dietas mal entendidas en que se pierde peso y luego por efecto rebote se ganan más kilos de los perdidos, la supuesta liberación inicial se ha transformado en esclavitud absoluta.
¿Quién no se ha devuelto a la casa al darse cuenta que el teléfono celular no lo tenía en el bolsillo?
¿Quién no se ha quedado de brazos cruzados ante un apagón que deja al computador como un feo mueble inútil?
El que esté libre de pecado que lance la primera piedra. De seguro ni polvo recibiríamos ya que todos dependemos directa y absolutamente de la tecnología.
Claro está que este no es un fenómeno nuevo. Todas las llamadas revoluciones sociales han traído cambios violentos a la humanidad. Bajar del árbol, dominar el manejo del fuego, pasar de recolector a agricultor, la revolución cultural dada por la invención de la imprenta, la revolución industrial y ahora la revolución tecnológica que estamos viviendo.
A pesar de la supuesta experticia de la humanidad adquirida a lo largo de su historia, nunca hemos sabido enfrentar estas revoluciones para sacarles el mayor provecho y minimizar sus efectos negativos.
Antiguamente quien tenía la información tenía el poder y si bien es cierto, hoy en día en ciertas esferas socio-económicas sigue siendo así, para el ciudadano normal sin deseos macromegálicos de enriquecimiento, la información la tiene al alcance de sus pulgares.
¿Y que hemos hecho?
Basta subirse al metro en horario punta para ver como los teléfonos inteligentes han secuestrado la conciencia de los habitantes urbanos. La mitad de los pasajeros y quizás más, se dedican a jugar usando sus dedos como armas letales contra invasores extra terrestres, alinear dulces para engullirlos a cambio de puntos, chatear monosílabos con alguien que consideran un amigo pero que ni siquiera se han dado el tiempo para conocer, mandar like a cuanta foto se le atraviese por la pantalla,...
¿Dónde está el tiempo para enriquecer la vida espiritual que supuestamente nos darían los avances tecnológicos?
Esta hipnotizado por los fuegos artificiales multi media y se hace escaso ante las posibilidades de más megas, gigas y teras de desinformación manipulada para mantener al rebaño en un estado abúlico sin el menor interés cuestionador ante los abusos de unos pocos.
Las artes, siempre las artes han sido las encargadas de movernos el piso para, ante la inestabilidad de nuevos desafíos, cuestionarnos nuestra manera de volver al equilibrio.
Por más que nos empapemos de historia jamás podremos sentir hechos que no hemos vivido. Es en el ahora donde las artes deben reposicionar en escena los acontecimientos actuales para disectarlos y encontrar la alternativa de potenciar los positivos y ojalá eliminar los negativos.
El discurso parece acertado pero es en el hecho donde algo está fallando. Los artistas viven espiritualmente de sus creaciones pero también deben vivir físicamente. Con supuestamente "todo" al alcance de los pulgares, ya nadie se interesa en financiar arte. Todo se encuentra en internet menos la vivencia personal de una situación. Si bien es cierto es poco probable que algún día lleguemos a participar a plenitud de una obra de teatro vía internet. Los actores con su omnipresencia escénica pueden transmitirnos más que información, sensaciones capaces de enriquecernos espiritualmente.
Si no me creen, googleenlo en internet y adelante con la siguiente revolución social; la revolución artística.

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