El juego del payador

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
Imprimir

Entre varios de los oficios a los que me dedico elegí el de payador: poeta que improvisa versos acompañado de un instrumento de cuerda, principalmente (en Chile) guitarra y/o guitarrón.
Fue ese misterioso instrumento de veinticinco cuerdas lo que primero me cautivó, su sonido, tus tesituras, su estampa, su prestancia. Quedé hipnotizado la primera vez que lo escuché en vivo y ejecutado por un cultor natural. El guitarrón chileno es un privilegio.
Luego fueron las raíces familiares las que me hicieron tomarle el peso a esta actividad y asumir la responsabilidad de difundirla, sobre todo en el público infantil. Público que por circunstancias contextuales ha sido olvidado por el payador promedio.
Desde pequeños nos inculcan que las cosas deben tener un método, un orden, una lógica. Desde que empezamos a jugar debemos adoptarnos a reglas que hay que respetar para que el convite sea fluido y todos sus participantes dichosos de formar parte de ello.
En la escuela nos enseñan a sumar primero, a multiplicar después, luego a hacer fracciones, hasta llegar a nociones y conceptos tan abstractos y enmarañados como son los logaritmos y el álgebra. Necesitamos saber donde estamos para saber donde ir. El improviso juega con esa gran necesidad del hombre, el saber donde está.
Claro que sí.
La paya (repentismo o payada en otros países) permite jugar con el lenguaje y a través de una estructura de rimas entre líneas de verso, construir un poema único e irrepetible.
Muy sucintamente: el payador debe decir algo respetando ese formato, pero a la vez sin dejar de ser individuo y satisfaciendo al público, que muchas veces desafía al cantor proveyéndole el tema sobre al que deberá referirse o bien una, o más, líneas para construir su poesía. Además de que el o los poetas con que improvise también usarán de su ingenio e inteligencia para poner en aprietos a su “contrincante” con intención de hacer más difícil su labor. No me extenderé en demasía en detalles, hay tratados sobre esto donde investigadores que no ejercen el oficio han querido imponer su verdad absoluta sin gran manejo del tema.
Mejor opción aún, se puede conversar con un payador o, la alternativa óptima, escucharlos en directo.
Es un juego que va y viene, SIEMPRE en diálogo, es más un sentir que un método. Es una filosofía de vida y un modo de experimentar y pensar el mundo.
Muchas veces me he encontrado con maestros hablando exclusivamente en octosílabo, cual si estuviéramos cantando.
Se trata de tradición oral de la más pura cepa y que así como llega en un estro de inspiración, muchas veces se va por el mismo camino efímero que le dio la luz.
A veces un payador improvisa una décima, otro recuerda una parte y al final se reconstruye de una forma quizá no tan fiel a la obra original, pero que permite apropiársela y plasmarla en otros canales comunicativos.
Si bien hay un formato detrás, las posibilidades son enormes. El pueta popular de antaño carecía de formación escolar y aún así podía transmitir un mensaje certero, atractivo y sentido. Se crean relatos, poesía, humor y profundidad en tan solo segundos.
Para saber adonde llegar en la improvisación hay que saber donde partir, pero en el camino pueden suceder muchas cosas. Eso es lo hermoso del arte de improvisar, el resultado y el proceso están a la par y son casi inseparables. Perfecto equilibrio y complemento. 

Contáctenos

Teléfonos de contacto:
+57 (2) 2 37 20 12
+57 315 542 73 66

Dirección:
Calle 4 No. 6-57 Buga - Valle del Cauca - Colombia

E Mail:
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.