Por viaje vendo

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Durante mucho tiempo ya, creyendo que lo hacía bien, he mal invertido mi tiempo en acumular demasiadas cosas inútiles. En realidad la mayoría de las personas no las considerarían tan inútiles porque están enceguecidos por el deber auto impuesto de tener, pero tras poner en la balanza esfuerzo versus beneficio, incluso todo aquello que parece totalmente imprescindible no lo es tanto.
Angustiados queremos diferenciarnos de la masa por nuestras pertenencias materiales sin darnos cuenta de que nuestro actuar por obtener más y más es un síntoma de que ya nos hemos transformado en uno entre muchos.
Sabidurías milenarias, dentro de sus máximas postulan que las pertenencias sólo atan y van gradualmente quitando libertades.
Sin pretender ser un ermitaño decidido a vivir lejos de la sociedad, acompañado sólo de un perro, vestido con harapos y comiendo lo que la tierra pueda dar ni transformarse en un monje de reclusión levantándose a las 4 de la mañana para orar apoyado en crípticas lecturas dogmáticas, desde hoy tengo el firme propósito de emprender el viaje más complicado de todos; el del despojo.
Por viaje vendo esa bicicleta de ejercicios que utilicé entre las cuatro paredes de mi dormitorio sin ir a ningún lado yo y directo al fondo de la bodega ella, esa caña de pescar semi profesional, plegable, resistente, de moderno diseño y fácilmente guardable bajo el asiento del auto, porque cerca de mi ciudad no existen ni lagos, ni ríos, ni mar y los únicos peces encontrables están en las heladeras de los supermercados, ese curso completo de inglés incapaz de enseñarme más de lo que aprendo por las películas, la música, internet o la vida diaria, todas las ambiciones incumplidas, para con ellas deshacerme de mis frustraciones, vendo todo lo inútil embalado en mi mochila de años.
Incluso los porteadores profesionales cargan sobre sus hombros sólo lo que son capaces de llevar sin extenuarse.
El camélido de los andes, la llama, cuando se cansa, antes de llegar a la fatiga simplemente se echa y no existe ningún medio posible para levantarla hasta que haya recuperado energías. Ni la fuerza ni la razón pueden ir en contra de su naturaleza.
Llegó mi momento de descansar, deshacerme de tanta carga inútil y emprender el viaje, ese que comencé de niño, ese del cual me desvíe por acumular como un verdadero bicho raro con el síndrome de Diógenes del consumismo.
No me es indispensable viajar lejos, ni siquiera salir de aquí. Quiero recorrer la aventura de los verdaderos sentimientos sin el maquillaje de las apariencias. Quiero vagar por una imaginación desprejuiciada libre del que dirán, del que se hace o del cómo se hace.
Por un tiempo indefinido no intentar desesperadamente de buscar la utilidad de las cosas para sólo apreciarlas por lo que son. No comparar con un antes o un posible después sino vivir el presente sin proyecciones ni precedentes.
Por viaje vendo, y si no me compran arriendo, y si no me arriendan regalo, y si no regalo dejo a la vera del camino que empezaré a recorrer porque viajó igual.

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