Para saber y contar

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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He visto muchos narradores en mi vida.
Cientos, si es que no miles.
Mientras un individuo tenga un auditorio a quien contarle algo; un receptor de su mensaje, estará transformado en un narrador.
Con el título que Ud. guste: cuentero, cuenta cuentos, monitor, exponente, cultor, susurrador, etc. Imagine el que quiera y adecúelo a su gusto.
En tiempos en que los conceptos se confunden y los narradores se fabrican en masa y con un molde casi único, estoy seguro de que acordaremos que encontrar alguien con un sello propio como narrador, no será fácil.
Podría mencionar muchas características que empañan el trabajo de una persona ante un público, pero es siempre mejor plantear las cosas en positivo.
¿Qué tienen en común los buenos narradores?
Creo que se puede dividir en 4 grandes ramas de un árbol muy frondoso. Haber vivido, haber presenciado, haber oído y haber soñado mucho. Cada una de ellas en una medida distinta, pero siempre presentes y en mezclas únicas.
Alguien refutará que leer no es parte de ninguna de estas ramas. Concedo el punto y justamente ahí radica el truco de lo que proyecta un narrador, sea o no de escenario.
Para mantener a su interlocutor en ascuas, para generar el vaivén que todos esperamos en una historia, para hacernos imaginar un mundo, en definitiva para contar bien; se requiere del apropiarse de la historia tal cual si fuera parte de nuestra vida, se requiere ser testigo del hecho aunque sea a nivel ficticio. Es menester expresar de forma correcta lo que se quiere comunicar y crear imágenes con ello, entre otras muchas cosas que sería un desafío colosal mencionar en totalidad.
Esa es justamente la magia. El real bastión y patrimonio de la tradición oral, el cultor analfabeto, jamás empieza sus relatos con el nombre de un libro, mucho menos mencionando autores y editoriales.
No existe un estudio de la historia, no hay una memorización de un guión ni un temor a olvidarse de alguno de los capítulos que dan cuerpo a su relato. Si hay un olvido, si falta algún condimento ya habrá momento de agregarlo, nada es fijo ni hay pautas.
La alquimia se presenta cuando nos vemos enmarañados en una historia que no sabemos adonde va y quien nos la presenta nos provoca un remezón por sacarnos de lo cotidiano, la mayoría de las ocasiones proponiendo el cuento como algo que efectivamente vivió, en tiempos y ciudades remotas, con personajes muy bien caracterizados y por tanto familiares.
Sin ser pretencioso, sin ser grandilocuente, sin fuegos de artificio. No hay amplificadores, no hay trajes de colores chillones, ni disfraces, ni bombos, ni platillos.
El mensaje es el importante mucho más que la forma de sacarlo al ruedo. Hay una jerarquía de objetivos tácita, en función de que el cuento es un artefacto que se hace a medida y de acuerdo a las necesidades de quien lo oye.
¿Cuentos por solamente pasar el tiempo? Cosa muy poco frecuente en la verdadera tradición oral.
Las ficciones son adquiridas quien sabe desde donde, pero siempre desde la herencia oral, que muta, que cambia, que quita y agrega según sea necesario. No hay dos versiones iguales. ¿No es acaso el regalo mejor recibido aquél que sabemos fue elegido especialmente pensando en nuestros gustos?
 

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