Ser chileno en Chile

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Mi apellido es Huentemil, más chileno difícil sería encontrar.
Llevar tal apellido es un arma de doble filo, por un lado me llena de orgullo, por otro, de responsabilidades.
Claro está que es una tarea compleja ser más chileno que el chileno promedio.
Debo confesar que el chileno promedio es un personaje que me provoca una profunda sensación de malestar general y náusea.
Hablo de ese personaje al que le da igual ser mediocre, que usa la ley del mínimo esfuerzo en casi todas las cosas que emprende. De ese personaje que se jacta de carecer de virtudes y que tiene excusas para casi todo. Personaje al que no le duele la ignorancia, no la quiere combatir y que prefiere mentir antes que reconocer cuando no sabe algo (Haga la prueba y pregunte por una dirección desconocida a diez compatriotas, los resultados dispares le sorprenderán).
Todo el año aborrezco esa figura, tan marcada por la frasecita idiota del: “típico chileno” cuando se habla de dejar todo a última hora, de evadir los deberes, de no hacer bien el trabajo o de no dar el ancho para proyectos de envergadura. Ese del triunfo moral, que no logra nada importante por culpa de la “mala pata (suerte) del chileno” y que cuando ve a alguien hacer las cosas mejor que él lo boicotea descaradamente al hervir en envidia.
El mes del año en que más anticuerpos me produce es en Septiembre, mes de las Fiestas Patrias. Porque ese chileno promedio, que no sabe nada de sus tradiciones, es atacado por un fuerte impulso nacionalista y se acerca de manera obsesiva a todo lo que cree que es cultura propia.
No sabe hacer un brindis como debe ser, no conoce los instrumentos que han nacido en su país, no baila cueca (nuestro baile nacional) porque no conoce los pasos más básicos, confunde las rimas sosas y sin sentido con la paya; diálogo improvisado entre cantores acompañados de guitarra o guitarrón y un largo etcétera.
Es una pesada tarea la de ser más chileno que el promedio, porque cuando uno quiere contribuir a hacer verdadera cultura hay que eliminar todo esa desinformación y malas prácticas, construyendo algo nuevo. Es un desafío tremendo.
Y bueno, de todas formas algo se puede hacer. Si uno se enfoca en el público infantil serán innumerables las alegrías.
Esa población no alcanzó a ser contaminada por el apagón cultural en que nos dejó la dictadura con su trabajo de joyería para eliminar todo cuanto hiciera pensar .
¿Se puede avanzar? Si, pasito a paso.
Ese es el desafío que abordé hace no mucho y me prometo tratar de cumplir. Para ello es preciso compartir, difundir y enseñar lo más que pueda, aunque está claro que mi trabajo es más apreciado por personas de otros países, mucho más que los que comparten el terruño conmigo. ¿Curioso? No lo es tanto. Violeta Parra tuvo que viajar por toda Europa antes de que aquí la tomaran en serio.
Se me vienen a la mente unas palabras muy sabias del cultor, cantor a lo humano y lo divino, payador por antonomasia; Santos Rubio.
Palabras que fueron publicadas, paradójicamente, en una entrevista que se publicara por primera vez un par de meses después de que hubiera fallecido (pero que esperó imprenta por mucho tiempo): “En Chile hay que estar muerto para ser importante”.
Hasta el día de mi muerte defenderé la cultura, NUESTRA cultura.
Cuando fallezca quiero que me den santa sepultura solamente mis familiares y seres queridos.
Si el chileno promedio quiere hacerme un homenaje a esas alturas, no lo necesitaré ni mucho menos lo habré deseado.

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