No creo en brujos, pero que los hay, los hay

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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No soy místico ni creo demasiado en energías misteriosas que nos acompañan en nuestro andar por la vida. Nunca me he conectado con espíritus ni menos los he visto. La divinidad también me es una realidad un tanto ajena pero la sabiduría popular es muchas veces, sino todas, una constatación de la realidad. Por eso; "no creo en brujos, pero de que los hay, los hay".
Algunos la llaman casualidad, yo simplemente la llamó misterio.
Existen esos misterios inexplicables que llegan en el momento preciso para ayudar a nuestra existencia.
Hace algunos días, tuve que asumir la dolorosa tarea de realizar todo lo que implica sepultar a un ser querido. Dentro de esto, vestir al difunto. En realidad esa era mi intención. Nunca antes había siquiera visto a través del vidrio que tienen los ataúdes para ver el rostro de quien ya no estaría más, prefería conservar la imagen en vida de mis abuelos y mi padre, pero esta vez hice eso y muchas otras cosas más.
Estuvo a punto de comenzar una discusión con alguien que se sentía con más derecho que yo para hacer sólo eso y no asumir ninguna de las otras tareas dolorosas pero necesarias. Para evitar una discusión inconducente, prefería hacerme a un lado.
Sentí una tremenda amargura y para diluirla decidí caminar un poco.
Deambulando como un zombi, me encontré con un vagabundo con quien comencé una extraña conversación.
Por las palabras que el utilizaba, se notaba que era de un nivel cultural superior a la media. Dioses griegos y romanos, fechas clave de la historia mundial, hechos de la contingencia, formulas químicas mescladas con recetas de cocina gourmet, de todo, y me fue claro su dominio de la comunicación verbal dado por inflexiones de voz, cambios de ritmo, pausas, contacto visual en momentos clave, todas esas herramientas que solemos utilizar quienes contamos historias.
Hablaba de corrido, tomando aire en los espacios precisos para que su alocución no perdiera fuerza, claro que existía un pequeño problema; su discurso era total y absolutamente incoherente, al menos para mí.
En su cerebro enfermo para quienes nos consideramos normales, las conexiones entre conceptos diferentes eran infinitas y carentes de esa lógica que suele limitar nuestra imaginación.
Me deje embrujar por su elocuencia desquiciada hasta el punto de sacarme de mi amargura para vagar por los intrincados laberintos de los imposibles para lo que llamamos cordura.
Fue tanta la magia que fui a buscar a mi pareja para que ella también se dejara llevar por el cúmulo de imágenes que este vagabundo sabio traía a mi mente con la magia de la palabra, eso sí que le advertí antes de presentarle a mi interlocutor, que no podía reírse.
Muy por el contrario, en cuanto lo escuchó, trató de interactuar con él para llevar la conversación hacia algún grado de cordura pero el desorden de lo que alguna vez pudo ser una mente brillante pudo más.
Durante un rato caminamos los tres sin rumbo físico pero muy lejos hacia el limbo de las posibilidades.
La palabra es más que sonidos, más que significados unívocos, más de lo que creemos.
Sólo tenemos que dejarla actuar sobre nuestras conciencias para viajar mentalmente hasta la magia de la inconsciencia.
Hasta donde ese brujo nos transportó con el hechizo de su palabra.

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