Estoy aburrido

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Las muchas horas que he invertido en la previa de realizar una presentación o luego de haberla llevado a cabo me han permitido hacer un estudio dedicado de ciertas dinámicas del comportamiento infantil.
Una frase común en el devenir de la actividad de los niños es: “Estoy aburrido”.
Más importante que sus múltiples formas de manifestarse es su origen. Sin atribuir causalidad, ni querer echar la culpa nadie de tal fenómeno he llegado a algunas hipótesis que espero den pie a un estudio científico de verdad.
Un es que esa frase puede surgir en cualquier estrato socio económico. Sin importar el contexto en que se desenvuelve el niño el aburrimiento surge como una respuesta a la negación de parte de los adultos a la fantasía, la ficción y el juego. Y es que los niños están diseñados para jugar, sin importar si están en un Hospital visitando a la abuela, si hay que esperar a que llegue tal o cual autoridad sin la cual cierta ceremonia no puede comenzar, si están en un parque o en medio de un atochamiento en la carretera.
En ciertas condiciones los adultos le exigen al niño una formalidad y una seriedad que va contra su esencia. “Cállate Juanito, no preguntes tanto”, “Siéntate, Rosita, hay que estar en orden”, “No toques eso, Miguel, que lo puedes romper”.
Ante esas palabras sosas y ya oídas mil veces toda gana de entretenerse se extingue. Monserga vana.
Raro es escuchar a un adulto alentar el juego más que prohibirlo.
Otra hipótesis que me gustaría comprobar es que un niño expuesto a mayores estímulos, es decir, juguetes hechos en serie, computadores, smartphones y todo objeto que merme su capacidad de imaginar, estará más en riesgo de decir me aburro. Es probable que el niño poco a poco se acostumbre a no inventar juegos con sus roles y respectivas reglas a fuerza de que no debe hacerlo en su vida cotidiana, al estar todo previamente programado.
Hipótesis secundaria, la cual me he sorprendido formulando en mis viajes a zonas no urbanas, es que un niño que tiene menos bienes capitales y más contacto con la naturaleza es menos propenso a aburrirse.
Me he encontrado con niños que pueden jugar a cualquier cosas con solo reunir una docena de piedras, un par de hilos o cordel, o lograr construir cualquier objeto esférico.
También tendrá algo que ver el divertirse con no tener una figura restrictiva encima vigilándole (en los estratos sociales más bajos los padres suelen salir a trabajar durante largas jornadas) surgiendo así el deber de satisfacerse a sí mismo en cuanto a diversión se refiere.
Estoy únicamente especulando, lo reitero. Ojalá alguien pueda hacer verdadera ciencia con estas ideas tan etéreas que cruzan por mi mente y orientarme en estos temas. Estoy dando palos de ciego la mayor parte del tiempo.
Pero de una cosa si estoy seguro, la ficción es algo que los niños no deben perder de vista. Y es nuestro deber como adultos no decepcionarlos en ese sentido. Nada peor que contarle a un niño que ya no se sorprende, que le cuesta imaginar. Para imaginar se requiere tiempo, cosa que a los adultos suele faltarles. Hágamonos un tiempo para imaginar, jugar, pensar, sentir, querernos en conjunto.
Creo que en esta columna mezclé muchos temas. Por eso mejor dejo una tarea para la casa, si quiere entenderme o contradecirme mejor le invito a leer Momo, de Michael Ende.
Sorprendente libro donde se mezclan juego, infancia y tiempo.  

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