Mentiras no han de faltar

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Hace algunos días fui invitado a La Primavera de los Cuentos, hermoso evento que tuvo lugar en el Parque Quinta Normal. Fue un día grato, de encontrar y re encontrar amistades.
Mi querida amiga María José Camus estaba con su familia en el público. Fue, como siempre, grato verla. Conversamos una vez conté y le presenté a mi guitarrón chileno Nahuel, el cual ella no conocía. Le relaté la historia (que tiene componentes casi de ficción) de cómo me encontró tal instrumento, con la bella casualidad de que fue traído al mundo exactamente en la misma fecha y año que nací yo.
Una vez concluí mi historia me dijo con asombro que le parecía increíble que, en realidad, no sabía si creerme. Risas de por medio, claro, y es que antes de mi participación había mostrado sus narraciones Don Belisario Piña, cultor campesino y “mentiroso”.
Pensé durante mi camino de vuelta a casa en la mentira y sus alcances.
¿Cuándo y para qué empezamos a mentir? En el ámbito de la Psicología aún no hay acuerdo total. Si se consulta la literatura científica se propone una edad que puede variar entre los 3 y 6 años, dependiendo del desarrollo cognitivo, emocional y social del infante. Mentiras no siempre conscientes a esa edad, aunque superado ese umbral el recurso se emplea a voluntad.
En los motivos existe mayor discrepancia. Algunos teóricos plantean que la mentira es una suerte de ejercicio que permite al niño consolidar ciertas habilidades necesarias para el pensamiento abstracto. También se señala que tiene que ver con una manipulación del ambiente para conseguir atención, fortaleciendo así el apego con las figuras que son referentes para el niño.
Muchas ocasiones se ve la mentira como algo negativo.
Los profesionales del área humanista y social dan recomendaciones para evitar que el niño mienta. No castigar la mentira, mejor es reforzar la conducta honesta. Generar instancias para fomentar la confianza del niño. Dar el ejemplo al infante, jamás mentir. Explicarles que esa conducta es incorrecta. Etcétera y más etcétera.
Dejando las observaciones morales a un lado y solo quedándome con las sugerencias que provee la literatura científica me llama la atención una en particular: Usar el cuento como recurso para trabajar valores como la honestidad y la sinceridad.
No cuestiono el poder terapeútico del cuento, de que lo tiene; lo tiene.
Pero, ¿qué oyente quiere prestar atención a un cuento sin mentiras?
Caperucita Roja fue obediente, se fue por el camino largo y llegó sin contratiempo a casa de la Abuelita a dejar la canasta con víveres que envío Mamá. Misión cumplida. FIN.
Y es que hay mentiras y mentiras. Juanito inventa que le va mal en Matemáticas porque el profe “le tiene mala”, Rosita le dice al profesor que no trajo la tarea porque “se la comió el perro”. Manipulaciones del ambiente que no generan nada bueno a nadie. Pero cuando Rosita o Juanito inventan una historia para compartir con Mamá antes de acostarse se abre un mundo nuevo, el niño descubre que existe un abanico enorme de posibilidades para crear.
Es la puerta de entrada al mundo adulto, a través del relato fantástico puede ver encendida la llama de la atención en los ojos de Mamá y Papá. Puede aumentar sus posiblidades de ser oído y validado como interlocutor. La mentira tiene un valor instrumental en gran medida, nadie castiga a aquél que miente en un contexto donde todos saben que lo hará, es más, nos reíremos de buena gana escuchando mentiras desproporcionadas.
La mentira nos saca de lo cotidiano. Si puede hacerlo con nosotros es mucho más poderosa con los niños. La mentira en sí no es mala, la valencia que adquiere depende de quién y como se use.
Las hay piadosas y blancas, dicen. Como pensamiento final creo que no hay que reaccionar desproporcionadamente ante la mentira, sino darle un buen uso.

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