El lo contaba mejor

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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El arte de contar es, sin duda, una actividad mágica. Requiere de muchas habilidades y aptitudes que deben ser pulidas a fuerza de ensayo, tesón y disciplina. Siendo radical, es algo que no a todo mundo se le da con facilidad.
Un buen narrador se apodera de aquello que cuenta a través de un sello único, irrepetible y muchas veces intransferible. No se puede imitar ni copiar dicha característica, debe surgir de cada uno a través de los recursos escénicos con que cuenta.
Haciendo una estadística simple (la famosa campana de Gauss) de entre cien contadores que veamos habrá solo dos excepcionalmente buenos, sesenta y ocho cercanos al promedio y, lamentablemente un par que serán un espectáculo triste de ver.
A pesar de los seminarios, cursos, acreditaciones y toda certificación con que cuente un narrador hay algo que se tiene o no: carisma. Hasta el día de hoy he pensado en fórmulas para entrenar ese tan significativo don. No he logrado encontrar el modo.
Más de alguna vez se habrá topado con alguna persona contándole una anécdota o chiste ya oído por Ud. muchas veces y aún así provocándole una risa incontrolable. Por otro lado, también se habrá lamentado de que algún sujeto arruinara una historia que tenía todo lo necesario para ser excelente. Agrava la falta el remate lastimero “Él lo contaba mejor”, aludiendo a otro personaje que les transmitió la historia (Haga memoria, pasa a menudo).
En los cuentos sucede casi lo mismo. Sobre todo cuando un narrador se limita a armar un repertorio con cuentos archisabidos, entregar a su público una versión propia se alejará de sus posibilidades.
Me encantan los narradores creativos, que inventan, que plasman realidades a través de la palabra como si les hubiera pasado a ellos mismos o como si hubiesen sido testigos de los hechos que relatan. Gozo de los relatos de los cultores campesinos, que utilizando el mismo argumento cuentan en cada ocasión una historia distinta, aunque uno tenga nociones de ella en cada repetición vuelve a nacer porque el orden de los capítulos difiere, hay distractores diferentes que no cambian la trama, pero dan sustancia y cuerpo al cuento.
Ojalá todo el mundo tuviera la ocasión de escuchar a un cultor de verdad. O se diera a sí mismo la posibilidad, los cultores están al alcance de la mano en nuestro país. Basta darse el ánimo de querer ir a verlos.
Hay otros ejecutantes con los que me sucede lo contrario. Monotonía, esquemas demasiado rígidos, formas ya conocidas. Hay personas que me han reconocido que cuentan lo que cuentan de acuerdo a la versión de Fulanito X. Cuando uno la encuentra es, efectivamente, la misma versión copiada con papel calco (Gracias youtube.com). Decepción, desde mi punto de vista los cuentos no nacieron para ser fabricados en serie.
Hay distancias lingüísticas, hay distancias geográficas, hay distancias sociales y culturales. Hay distancias personales entre un narrador y otro. Todos somos distintos.
Y claro, para empoderarse de un cuento o para crearlo hay que saber de que estamos hablando.
Hoy, que los cultores y la poesía popular están en boga, hasta cierto punto, me he encontrado con gente que finge voz de campesino, se viste de huaso y trata de terminar todas su frases con un ‘iñor, po’ o un oiga. Lamentable.
La caricaturización es demasiado evidente y entre líneas se lee una falta de honestidad del narrador consigo mismo y para con sus oyentes. ¿Con qué finalidad se aparenta ser algo que no se es?
Recomendación final: cuando elija un cuento evalúe como se verá contándolo, como se oirá contándolo, si entiende el vocabulario con que el cuento fue construido, si conoce los elementos a los que su relato alude y muchas otras cosas que el sentido común le dictará.
No vaya a ser que al bajarse del escenario se sorprenda diciéndose a sí mismo: “Él lo contaba mejor”.

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