Me preocupa

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Estoy preocupado, bastante preocupado.
En mi país, Chile, el oficio del cuenta cuentos no es nada nuevo. Por el contrario, es más antiguo que la misma Patria, aunque permaneció mucho tiempo marginado como arte.
Situación que cambió drásticamente con el arribo de escuelas que, masivamente, forman cuenta cuentos (profesionales, según se ofrece en sus programas).
La cantidad de personas que toman estos cursos es enorme, ya que no es un fenómeno exclusivo de la capital y porque los hay al alcance de todo bolsillo e incluso gratuitos.
Aquello me preocupa. Estas instituciones, sin lugar a dudas, están preocupadas en la cantidad y solo de forma muy tangencial en la calidad de quienes han recibido su formación.
He visto en más de una ocasión que en la misma presentación de cierre de un curso, que han habido dos exponentes contando EXACTAMENTE el mismo cuento.
Cantidad, cantidad, cantidad.
Tanto es el foco en la cantidad, que por sus aulas han pasado verdaderos cultores de la oralidad, del patrimonio y de la narración sin haberse aprovechado su saber.
Para que decir buenos músicos, poetas y una larga lista de oficios de gran valer que han sido desplazados a segundo o tercer plano por querer hacer un trabajo de buena factura.
Es curioso saber que muchas veces se usa material de cultores sin siquiera entender su quehacer, no se les invita a los seminarios y cursos, donde serían un valioso aporte, ni siquera como oyentes. Salvo contadas y valoradas excepciones (Cabe destacar el trabajo cuidado y respetuoso de Compañía la Matrioska y Cinoch, que han generado instancias para que los poetas populares muestren su trabajo y compartan con el público).
Se masifican los cuenteros, con una irresponsabilidad inusitada. ¿Quién garantiza la posibilidad de que todos tengan acceso a escenarios? Nadie; y poco importa.
En ocasiones se habla de bolsas de trabajo que, en teoría, son de acceso para todos y cada uno de sus alumnos y ex alumnos, aunque la información publicada en redes sociales muestra generalmente los mismos rostros, que suelen ser los de quienes están contratados para hacer las clases.
Sigo preocupado.
¿Por qué? Porque he visto en muchas ocasiones sobre el escenario a individuos que pretenden hacer gala de un conocimiento en el área en que me desenvuelvo, la poesía popular, mentir sin coto alguno. Me pregunto: ¿Cuántas otras formas de la oralidad y del saber ancestral habrán sido vulneradas con la misma carencia de respeto? No lo sé, muchas son ajenas para mí y por eso no las abordo. Prefiero decir que no sé de algo antes que hacer y/o decir disparates.
Por último, el que no sabe pregunta.
Lo lamentable es que el sentido común sigue siendo el menos común de los sentidos. A veces me veo dándome mentalmente palmadas en la frente ante ciertas frases: “Aprendí cuentos de tradición de un disco”, “Conozco muy bien a tal o cual guitarronero, he visto varias veces un documental que le hicieron en el canal X+1”, “Aprendí de narración oral del libro de Fulano Tal”, “Que lata ir a visitar a los poetas populares, si existen libros con su material”.
Por fortuna la verdadera tradición se defiende a sí misma, es esquiva y suele esconderse entre los surcos que deja el arado a campo abierto.
Algún día la tradición y la narración oral dirán quien fue, verdaderamente, su amigo.
 

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