Remolino

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Cuando era pequeño, mejor dicho cuando era niño, que pequeño siempre he sido; llegaba a la plaza de la esquina un organillero. Puntualmente se hacía oír a las seis de la tarde del día Domingo.
Nos apresurábamos a tomar la once, que consiste en un té y algo que echarle a la tripa, para salir a escuchar sus melodías. El sujeto era encantador ya que, además de regalarnos su música hermosa, nos daba la posiblidad de comprar algún juguete por tan solo una moneda. Pero no era eso lo que nos atraía, cada vez que adquiríamos parte de su arsenal nos obsequiaba historias.
- Señor, quiero un remolino.-
- Habrás de saber que estos remolinos fueron fabricados en Egipto, tierra de faraones donde…- Y se largaba a narrar algo distinto cada semana.
Le encantaba su trabajo, eso era obvio. Los relatos le fluían fáciles y cada vez eran más encantadores.
Un semana compré un globo que me ayudaría a tener buenas notas en matemática por haber pertenecido al mismo Einstein, otra vez un pequeño tambor que prevendría de que me resfriara por haber sido confeccionado por los magos del oriente. Recuerdo haber sido el poseedor de una paleta dulce que por cada lamida que recibía, hacía que uno anotara un gol jugando al fútbol.
Estos recuerdos permanecían bloqueados en mi memoria hasta que hace un par de semanas en un conocido parque capitalino me encontré con un organillero, que en la actualidad muy pocos hay. Hice la fila para comprar un remolino.
Esperé la historia. Nada, ni siquiera gracias me dio y me hizo un brusco ademán para que me retirase del lugar.
Un poco cabizbajo me fui, tratando de que con cada soplido que le daba al artefacto se esfumara mi decepción. Por el contrario, cada vez me sentía más estafado. Ni siquiera me miró a los ojos por estar preso de las redes sociales en su celular. Parecía molesto, como trabajando por obligación.
Hecho el negocio ya nada más le importó.
Su música tampoco me pareció tan bonita como la que le escuchaba a los organilleros de antaño.
Miré a los niños que estaban en la fila antes que yo y ya ninguno se ocupaba con los objetos que habían sido, hacía segundos, un tesoro.
En el tráfago y constante movimiento del hoy todo es frágil, demasiado frágil.
El remolino que me dio este caballero no difería de los que compraba cuando niño. Un papel cortado con tijera doblado en las puntas, un alfiler en su centro y un palillo que soporta la estructura.
El encanto de los de antaño no estaba en ninguna de sus partes constituyentes, de hecho este parecía más vistoso, brilloso y colorido.
Simplemente no me atrajo en la misma medida por no sentirlo mío.
Solo hubo un intercambio monetario de por medio, el remolino carecía de historia. Era un remolino como cualquier otro, no un remolino único y elegido especialmente para mí.
No me dieron ganas de cuidarlo, de traerlo a casa y me sentí bastante tonto de haber pensado que un artefacto tan precario pudiera atiborrarme de espíritu infantil. Iba a lanzarlo a un tacho cuando vi a un pequeño niño observándome mientras titubeaba frente al basurero.
Me le acerqué y le conté de un viejo organillero que regalaba historias cuando vendía sus productos. Le expliqué con lujo de detalles la naturaleza mágica de los juguetes que llevaba en su organillo.
Cuando al niño se le iluminaron los ojos, se lo obsequié; con el compromiso de que algún día compartiera mi relato con alguién más.
El remolino dejó de ser el mismo.
Parecía girar con alegría.

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