Lo que nos falta, o lo que nos sobra?

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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No es secreto que defiendo a brazo torcer mi terruño, sus tradiciones y todo lo que tenga que ver con las tradiciones y raíces chilenas. Asumí un rol en el que es difícil mantenerse y ser constante por esa facilidad que tenemos en nuestro país para descuidar de donde venimos con tal de mirar hacia fuera.
He tenido la fortuna (agradezco todos y cada uno de los días de mi vida por ello) de viajar mucho, de compartir, de aprender y de observar a cultores, artistas y colectivos de distintos lugares del mundo tanto en mi país como estando de visita en otros sitios.
Con todas las particularidades que mi modo de abordar la narración tiene (uso de instrumentos y formas de poesía típicas chilenas, carencia de disfraces y musicalización lo más pura y fiel posible a la de cultores antiguos) me he encontrado con una pregunta que suele calarme hondo, tanto en Chile como en otras localidades:
-¿De qué país es Usted?-
Respondo con el pecho inflado, con una sonrisa y mirando a los ojos: -Chileno.- Imposible evitar una réplica o comentario posterior del interlocutor de turno.
Generalmente apuntan a que nunca habrían pensado que mi nacionalidad era esa. Las razones son muchas; por la apariencia, por la seguridad en el hablar, por la dedicación meticulosa que se proyecta en mis presentaciones, por el sonsonete, por estar haciendo algo tan poco conocido como el canto a lo poeta.
Trato de que de allí nazca una conversación más profunda, el psicólogo interno gusta de especulaciones teóricas, para hacerme una panorámica de lo que piensan del chileno en el mundo.
A veces me dejan un poco petrificado.
En el extranjero se imaginan a un chileno inseguro, poco profesional, apocado, con una voz dubitativa y que anda pidiendo permiso y perdón por todo aquello que emprende. ¿Estarán equivocados me pregunto yo?
No creo que mucho tomando en cuenta la opinión de chilenos, a los que les ha extrañado mi poco calce con su concepto de compatriota, sobre lo que define a nuestros coterráneos.
Una terrible sensación de mediocridad, de depresión, de poca luz, de laxitud y rigidez, una autoestima escasa. Y claro, cada vez que encontramos un rasgo de personalidad reprochable o un procedimiento errado se oye la estúpida frasesita grillete: “Típico chileno”. Hay un luto crónico por un sistema ante el cual se tiene la noción de que no puede cambiar
Basta ver algún encuentro internacional de lo que sea para reportar un fenómeno recurrente. Casi sin excepción nos visitan los mejores exponentes con que cuentan otros países, mientras que acá no necesariamente hacemos el ejercicio de elegir a los más idóneos. Y en el caso de elegir, efectivamente, a los más capacitados, a la hora de enfrentarse a sus iguales el nervio los derrota o algo pasa que no logran lucir como lo hacen en situaciónes corrientes. Algo pasa, pero ¿Qué es lo que nos pasa?
No somos conscientes de los grandes talentos que tenemos y muchas veces reciben estos un reconocimiento tardío. El chileno promedio en cierto modo le teme al éxito y se sabotea tanto a sí mismo como a los demás en instancias decisivas, cuando están cerca metas más ambiciosas. Pero, ¿Por qué?
No soy el más apropiado para opinar, cuando dudan de mi “chilenidad” tanto en el extranjero como en Chile mismo.
Son demasiadas las variables intervinientes. Eso si, algo nos falta… ¿O quizá algo nos sobra? 

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