Paternalismo autoral

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Crear, de alguna manera es parir ideas y por lo tanto, una vez que vemos materializadas en obra nuestras imágenes mentales, es como acunar al esperado hijo recién nacido.
Quien haya creado alguna vez, cosa que todos hemos hecho en mayor o menor medida porque todos somos creadores por excelencia, sabrá que durante el proceso creativo se experimentan una multitud de sensaciones inquietantemente contradictorias tal como sucede durante los nueve meses de un embarazo, claro que en el caso de la creatividad no existen sensaciones privativas de la mujer dadora de vida ni ese plazo acotado para llegar al parto final.
Al principio nos invade un entusiasmo desbordante que nos vuelve omnipotentes aun cuando no dispongamos en ese momento de todos los recursos necesarios para llegar a la meta. Nada nos detiene. Si estamos convencidos, nada ajeno a nuestro objetivo nos importa; de alguna manera llegaremos al resultado.
Luego viene un largo periodo durante el cual la mórula pasa a ser un embrión, luego se transforma en feto y luego en bebé. Es en este periodo incierto donde vamos de la euforia absoluta a la congoja irracional, donde todas nuestras energías positivas y temores extremos nos llenan de dudas pero también de esperanzas.
Lo que más deseamos en primera instancia es que nazca sano y poco a poco vamos complejizando nuestros deseos. Queremos que sea inteligente, buen mozo, agradable, que sea una persona de bien y finalmente interviene irremediablemente el ego; ojalá se parezca a mí.
Dada la combinatoria del ADN quizás aparezca la manifestación de genes recesivos provenientes de nuestros bis abuelos y el parecido no sea tan evidente y hasta nulo pero en la creación artística siempre se podrán percibir características propias de su creador.
Cualquier manifestación artística generada desde la honestidad de su creador, será una radiografía de este, un hijo del cual será imposible negar la paternidad.
Claro está que en los inicios se parirán muchos hijos bastardos gracias a los cuales se ira puliendo gradualmente el estilo personal hasta llegar a ser único e inconfundible. Idealmente repetible porque la copia realizada por terceros de una obra o un estilo sin recorrer el dificultoso camino que llevó a ella, es a mí entender el mayor signo de admiración posible.
El día del parto, del estreno de nuestra creación en sociedad, los nervios humedecen nuestras manos y la ansiedad modifica el ritmo de nuestra respiración.
La obra, nuestra obra, se muestra al mundo. Ha abandonado el seno de quien la ideo para comenzar a defenderse por sí misma.
Aunque no estará exenta de la crítica destructiva y mal intencionada, por otro lado no faltará quien le encuentre un notable parecido a su progenitor a pesar de estar irritada e hinchada por los últimos acontecimientos traumáticos, lo que sin duda nos llenará de orgullo y nos alentará para el siguiente alumbramiento.
Honestamente puede que no sea ni la más inteligente ni la más bella pero es una prolongación de lo que somos nosotros mismos por lo que debemos aprender de ella para que la siguiente aventura creativa supere a la anterior y a la anterior y a la anterior.
Con orgullo de padres debemos aprender de nuestros hijos y darnos cuenta de que el adecuado tratamiento de los defectos se puede transformar en la mayor de las virtudes.
Nosotros somos nuestras obras y por lo tanto imperfectos pero afortunadamente perfectibles.

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