Obsolescencia programada

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Pareciera un mito alimentado por la imaginación cuando escuchamos que algún antepasado no tan lejano, tuvo su automóvil, su orgullo, su joyita, en inmejorable estado por más de 30 años.
Hoy en día, con la velocidad desmedida de los tiempos que corren, incluso miserables 4 años parecieran ser una eternidad. Y si a eso le sumamos que muchos artículos tecnológicos producto de la revolución informática, tienen su vida útil determinada por lo que se conoce como una obsolescencia programada, es decir, van a funcionar el tiempo que a priori el fabricante haya decidido que funcionen, independientemente del cuidado que hayamos tenido en su uso y mantención, la fugacidad de lo material es un hecho indesmentible. Es que se debe hacer funcionar al mercado, ese maldito ente impersonal que a tantas personas esclaviza. Si los productos sirvieran eternamente, los engranajes de la maquina productiva no funcionarían y con ello, existiría mucha mano de obra desocupada, cesantía, crisis social.
¡Mentira!
Al menos la tecnología se reproduce a si misma sin que exista casi la intervención del ser humano. Quizás en la elaboración del prototipo si se ocupa la mano de obra humana pero una vez creado el modelo a replicar, robots, fabrican robots que fabricarán más robots.
No son esas máquinas de las películas de ciencia ficción de antaño con aspecto humanoide que hablan con voz sintetizada, solo son brazos que hacen su trabajo repetido hasta el infinito sin protestar ni formar molestos sindicatos para el empleador o hacer jamás una huelga.
Entre humano o robot la elección es simple; robot.
Puede trabajar 24/7, no protesta, una vez adquirida una experticia determinada la repite sin equivocarse, no descansa, no hace sindicatos ni huelgas, ni siquiera va al baño. Una aceitada de vez en cuando y listo.
¿Qué mejor?
En lo que nunca podrá ser reemplazado el ser humano es en su capacidad creadora de estética. Un sentimiento llevado a obra sin que necesariamente tenga que pasar por el filtro de la razón o un complicado algoritmo matemático.
Los sentimientos pueden variar a lo largo de una vida pero no tienen obsolescencia. Siempre estarán ahí pugnando por ser escuchados, leídos, mirados. Comprendidos a cabalidad pocas veces pero siempre insinuando caminos. Los sentimientos son universales y es por eso que el lenguaje diferente del arte sin explicación racional mediante, es lo que une pueblos y culturas.
La producción artística ha existido desde que el hombre quiso expresar sus sentimientos y creencias en un lenguaje que ni el mismo comprendía a cabalidad y que sería descifrado en parcialidades desde el momento de su creación hasta siempre.
La obsolescencia del arte es una contradicción absoluta porque desde que la obra abandona la mano de su creador, adquiere una personalidad distintiva y se abrirá camino por si misma sin vocación de finitud.
El arte es comunicación entre un emisor inquieto por investigar la mejor manera de expresar sus sentimientos y un receptor capaz de identificarse con el mensaje emitido, incluso después de haber hecho una interpretación completamente contradictoria a lo que su creador quiso transmitir.
El arte es el lenguaje de la libertad de pensamiento.
Mientras exista el arte, es decir, mientras exista el hombre, existirá esa comunicación sin obsolescencia programada.

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