The walking dead

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Hace algunos días, en un ensayo de una de las orquestas infantiles en que hago clases, una de las clarinetistas jugaba en su celular para llenar el espacio que dejaba la multitud de silencios a los que se enfrentaba en su partitura. Luego de sugerirle que se concentrara un poco más en la música me preguntó: - Profe, ¿le gustan los zombies? –ya que esa era la temática de la aplicación con la que se divertía. – Si, aunque son científicamente inviables. – Fue mi respuesta.
Conocido es por todos mis cercanos el gusto que tengo por estas criaturas horripilantes y las películas y series de las que son protagonistas. The Walking Dead es una de ellas, la que sigo con extrema fidelidad semana a semana. Un guión interesante, múltiples emociones y siempre un detalle que revela algo nuevo, aún para quien la haya visto en más de una ocasión, como yo.
En ella el policía Rick Grimes y sus amigos nos muestran como la esencia del ser humano promedio cambia al enfrentarse a un mundo del todo caótico donde la muerte, o mejor dicho la no vida, puede ser encontrada en las circunstancias más inesperadas.
Es loable el modo en que las dinámicas están construidas, el perfil psicológico de cada personaje y como, progresivamente, despiertan en el espectador los afectos ante uno y otro. Se basa en un cómic que viera luz hace más de treinta años y goza de un masivo respaldo de los fanáticos por su buena adaptación a la pantalla, sobre todo por la inclusión de personajes que le han dado sabor y ritmo al como la historia está contada (Norman Reedus hizo la audición para interpretar a Merle Dixon, no consiguió el papel, pero incluyeron la figura de Daryl Dixon en la trama. Sin ser parte del original, se ha transformado en uno de los héroes más queridos por el público).
Ahora, si analizamos la temática y tuviéramos que resumirla, básicamente se trata de sobrevivir en un medio hostil que atenta contra la integridad humana.
Y ahí vino mi reflexión… Es cierto que los zombies o muertos vivientes son un fenómeno que se ha comprobado imposible o al menos improbable, algún defensor acérrimo de la ciencia podría ningunear a este tipo de filmes por ello ya que no hay sustento en el que se basen más que la mera fantasía, de allí justamente la epifanía a la que me enfrenté: los zombies son una metáfora.
El “Apocalipsis zombie” tal vez ya llegó.
Las características de estos monstruos difieren según el país de procedencia de la cinta, de quien haya elaborado el guión, del gusto del director de turno y como no, del presupuesto. Pero hay constantes, en mayoría de casos se trata de un cuerpo con un cerebro que funciona solo a medias, con un insaciable apetito por la destrucción y que ataca a todo ser humano que se le cruza en frente sin mediar provocación.
¿Le suena familiar?
En nuestra sociedad existen.
Muchísimos.
En vez de comer cerebros y entrañas buscan el dinero fresco, el poder, sembrar terror, alimentar su ego, provocar la guerra y/o todas las anteriores.
Los hay en la política, en los ministerios, en las empresas, en su familia. No atacan con mordiscos o arañazos, tienen métodos más elaborados y sutiles.
Algunos le van a llamar por teléfono para ofrecerle cable, telefonía o internet aunque Ud. con todo el protocolo del mundo les diga que no lo sigan llamando y sin saber de donde diablos consiguieron su número. Otros van a legislar para subirse el sueldo a muchos millones al mes por simplemente hacer nada. Más de uno asesinará de modo impune por tener algún pariente con influencias. Muchos invertirán en tener al ciudadano promedio ignorante, desinformado y sin ganas de aprender de nada. Los hay también que cobran intereses usureros por transacciones bancarias y siempre perjudican a sus clientes. Existen algunos que prometen mejoras en los sistemas de transporte, salud y educación pública, pero finalmente no cumplen.
Usarán todo tipo de medios para que el ser humano honesto, honrado y consciente pierda su espíritu y muera, o bien se les una.
Están en todo nivel, lamentablemente.
Poniendo de lado el maquillaje, las ropas harapientas, la fuerza brutal y una capacidad de destrucción sin parangón, basta pararse en la esquina para comprobar la existencia de sujetos sin objetivo de vida aparente y con escasos rasgos y valores humanos, es decir, zombies.
Para nuestro infortunio no podemos distinguirlos por su descomposición externa, por sus ojos aparentemente muertos, por su voracidad. No se ve a simple vista que sean distintos a nosotros, los que queremos construir.
Ármese de una Magnum como Rick Grimes, de una katana como Michonne, de una ballesta como Daryl Dixon, o simplemente aprenda a hacer que se respeten sus derechos y a tener voz y voto.
Hágalo ya, los zombies ya llegaron.

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