El derecho del errar en paz

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Sucede que hoy por hoy el escenario y yo somos buenos amigos.
Si, nos llevamos bastante bien. Como también me llevo bien con esos inestables e impredecibles amigos que son los nervios. Tengo la fortuna de que por muy ansioso o temeroso que esté en la previa de una actuación, el público no logra notarlo.
Eso me ha llevado trabajo. Mucho. Un hora a hora y media diaria de estar repasando versos o cuentos a nivel mental, otra media hora de practicar frente al espejo las dinámicas de movimientos que quiero darle a un cuento en específico. Unos cuarenta y cinco minutos, mínimo, de práctica con instrumentos. A veces dos o tres tandas de cada una. Buscar repertorio nuevo una vez a la semana. Unas varias horas de improvisar versos, de hacer ejercicios de escritura, de buscar afinaciones nuevas.
Si sumo las horas semanales que dedico, diría que están bastante cerca de la jornada completa.
De todas maneras siempre existe un margen de error, no hay control total sobre el público y/o el escenario.
He aprendido que si llego a equivocarme, se aprende. Y que luces, sonido, instrumentos y muchas otras cosas pueden fallar, por mucho ensayo que exista en el cuerpo.
Eso si, no se malentienda. Llegué a darme esta licencia, este derecho de errar en paz, sin dudar de mi calidad como artista, luego de años de trabajo sostenido al alero de buenos y grandes maestros y con sudor y sacrificio. ¿Si los aviones se caen, por qué no puedo caerme yo? La diferencia está en que yo puedo volver a ponerme en vuelo.
Hace algunos días alguien me decía que todo mundo se equivoca, es verdad, pero el error no debe ser visto como algo ligero o aceptable cada vez que aparezca. Hay que minimizar la probabilidad de ocurrencia de un error, de falla de memoria, de desconexión con el público, de olvido, de carencia de movilidad.
Todo eso se hace de una sola forma: trabajando.
No es pecado no saber, pero andarlo divulgando por el mundo (sobre todo en las redes sociales) es una práctica de las peores. Va en contra del auto-respeto, del respeto a quienes nos han enseñado, del gremio al que pertenecemos (cualquiera sea el rubro del artista) y sin duda a los menos afortunados que nosotros que no son ejecutantes activos de ningún tipo de puesta en escena.
Me lleva a pensar en la utilidad y uso del error, pero eso sería material y motor de otra columna a la que debo darme tiempo de digerir. Habría muchas cosas que explicar.
Es una práctica común la del equivocarse sin hacer mella de ellos. Y pasa, más temprano que tarde que la gente sin criterio se acostumbra a un trabajo poco cuidado y con poco compromiso. Por otro lado el público no se da cuenta de ello porque no tiene como evaluar si un trabajo es bueno o no, dado que los mismos ejecutantes no saben explicar como y porque hacen lo que hacen y no quieren tampoco quedar en evidencia ante sus espectadores. Resultado: círculo vicioso que nivela hacia abajo. Eso en Chile.
El fin de semana fui a un encuentro de payadores, habíamos muchos. Y existía una liviandad en el ambiente notoria. Exceso de muletillas en la improvisación, melodías mal cantadas, poco profundidad de palabra, y otras muchas cosas cuestionables. Detalles pequeños que con un poco de dedicación se podrían arreglar, pero lamentablemente no mejoran por sí solos. El Espíritu Santo no va a descender del cielo a hacer que nos superemos en nuestra labor, depende de cada uno.
Hacerse un aliado con aquello que sale mal y poder dormir con la conciencia y el orgullo profesional tranquilos es algo que uno aprende sobre el escenario (cuando ya se hace merecedor del mismo).
Si llegó hasta el final de esta columna, váyase a estudiar ya mismo y gánese el derecho del errar en paz.

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