Adrenalina ajena

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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La tecnología contemporánea de las comunicaciones ha llevado a la sociedad a vivir en un estado de pasividad extremo en que la dosis de adrenalina es entregada por imágenes espectaculares vistas en monitores y pantallas de todos los tamaños posibles. Desde gigantescos monitores en los estadios a teléfonos móviles en los carros del metro.
Nuestras vidas se han transformado en algo así como el vivir vidas ajenas.
Esos adolescentes sacándose selfies en los bordes de edificios de gran altura con el peligro inminente de caer, paracaidistas que no teniendo suficiente con la adrenalina de la caída libre, inventaron los fly suits para caer planeando a velocidades superiores a los 100 kmph pero lo más cerca posible del relieve que ojala tenga una inclinación similar a la de su ángulo de caída, surfistas paseándose por tubos de toneladas de agua, kayaquistas saltando cascadas enormes, escaladores libres sostenidos por los meñiques de una roca prácticamente lisa y sin ninguna cuerda de seguridad, slackline a cientos de metros del suelo para cruzar un cañón, motociclistas saltando rampas y moviéndose en el aire alrededor de la moto como si la gravedad no existiese…
Al ver esas imágenes desquiciadas, con los avances tecnológicos que hacen que la imagen supere a la realidad en colores y sonidos, nos parece estar ahí experimentando la adrenalina de quienes se atreven a vivir la adrenalina.
La adrenalina, también conocida como epinefrina, es una hormona y un neurotransmisor. Incrementa la frecuencia cardíaca, contrae los vasos sanguíneos y dilata los conductos de aire. Nos prepara para una reacción casi instantánea ante algún peligro.
Al ver esas imágenes de acción creemos estar participando de ella cuando la reacción más rápida que podríamos tener sería la de mover nuestro pulgar para cambiar de canal.
Quizás hemos llegado a un momento de nuestra civilización en que todo se polariza y se va a los extremos.
Muchos prefieren una vida calmada de 8 a 6 con una hora para almorzar mientras otros no pueden concebir la vida sin pasearse por el filo de lo imposible.
Quien haya experimentado alguna vez la adrenalina (todos) sabrá que es extremadamente placentero su efecto, sobre todo cuando la amenaza, el peligro o la incertidumbre ya fue superada.
No quiero incitar a nadie a tomar su auto e inclinarlo para andar en dos ruedas o montar la moto parado sobre el asiento o hacer trapecio colgado de un globo aerostático pero quienes hayan creado alguna vez (de nuevo todos) han sentido esa sensación de alerta máxima segundos antes de que la creación salga al mundo a batírselas por sí misma.
El estreno de una obra de teatro, cantar una canción por primera vez, una exposición de cualquier índole, mostrar lo que uno es a través del lenguaje del arte sin caretas para ser considerado políticamente correcto, sin duda provocan que la adrenalina se haga presente.
No necesitamos ser creadores reconocidos por ese selecto mundillo de quienes se consideran o son considerados por el mercado como creadores de elite para lanzarnos a la aventura de crear. Es la creación lo que ha mantenido vivo al hombre durante toda su historia.
Crear es vivir.
Dejemos que la adrenalina nos visite de vez en cuando y dejemos descansar a nuestros pulgares.

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