Freno de emergencia

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Hace un rato ya que el metro, bueno o malo, se ha transformado en mi fuente de inspiración con resultados a ser calificados por otros.
Primero porque debo tomarlo 2 veces al día entre mi casa y mi trabajo permaneciendo durante largo rato en ese sofocante calor humano y segundo porque tan alta densidad de humanidad por metro cuadrado, da para mucha filosofía express.
En esa hoguera de vanidades donde las marcas, aunque sean piratas, tratan de imponerse de manera exhibicionista, se me generan los más tiernos pensamientos hacia la abuelita llevada por la masa, esa octogenaria indefensa que no se sube ni se baja del carro sino que la suben y la bajan sin que ella pueda controlar su destino ni en el metro ni en el resto de la poca vida que le queda.
Y por otro lado la misma abuelita en horario punta, empoderada y al ataque con un carrito de compras metálico a la altura de mis canillas, a punta de empujones me genera una desagradable sensación en el límite del odio.
En el coche hay belleza de adolescentes con todo el tiempo por delante para lograr sus sueños y la fealdad de oficinistas frustrados llenos de pesadillas recurrentes por no haber logrado cumplir con sus sueños pasados.
El metro parece un compendio de actitudes vitales llevadas al extremo, nada de medias tintas sino extremos.
Igual que ante un anuncio de sequía probable, las botellas de agua mineral se agotan en los supermercados, ante la posibilidad de verse desplazados por quienes intentan subir, como un pez globo, los pasajeros separan las piernas y abren los brazos para aumentar su volumen y cuidar sus escasos centímetros cuadrados como si de ello dependieran sus vidas.
Los pulgares inquietos adquieren el mismo protagonismo como cuando al oponerse al resto de los dedos le permitió al hombre poder tomar cosas y fabricarse herramientas, claro que está vez, bailando sobre las pantallas touch de los teléfonos mal llamados inteligentes, le dan al usuario la falsa sensación de poder tomar al mundo entre sus manos o al menos una selfie sobre saturada de caras sin expresión.
Mafalda, el alter ego del dibujante argentino español Joaquín Salvador Lavado Tejón, más conocido como Quino, dijo alguna vez en una de sus tiras cómicas tan llenas de verdades; "paren el mundo que me quiero bajar" pero el freno de emergencia no se activa dentro del túnel sino hasta la siguiente estación donde seguramente subirán más de los que bajen.
La luz al final del túnel podría significar estar acercándose a la muerte o a la siguiente estación, la estación donde activar el freno de emergencia, bajarse del metro, salir de los intestinos de una ciudad estresada y poder disfrutar del aire sin contaminación que aún existe allá donde no nos atrevemos a ir.
La elección es evidente pero son muy pocos los que se atreverían a bajarse del metro urbano para aventurarse a caballo por campos desconocidos.
Quizás lo mejor sea atreverse a sonreírle a la abuelita del carrito metálico, no refunfuñar y simplemente sonreír cuando la masa la baje en una estación cualquiera y no en la suya.
Dejemos el freno de emergencia para una verdadera emergencia.

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