Qué se cuenta en Michoacán

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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Es una tendencia de las actividades humanas que van cobrando fuerza y espacio social, volverse exclusivas, restringir sus espacios de acción y terminar compartiendo los centros de poder, en detrimento de la periferia. Esa es una razón por la cual en las sociedades de escasa consciencia colectiva aumenta el desequilibrio entre el centro y la periferia.
De esta tendencia no escapa la actividad cultural, cuando en razón de su imagen se convierte en una expresión de élite y ubica el acontecer artístico en los centros urbanos cercanos al poder político y económico y olvida los demás sectores sociales anclados en los extramuros de las ciudades y en las zonas rurales.
Quienes analizan las consecuencias de la distancia entre sectores sociales de una misma comunidad saben que la disolución social es una de ellas, porque si la cultura se divide, como lo hacen las demás disciplinas y actividades sociales, entre la de los cultos y la de la masa, es decir, entre la de los de arriba y la de los de abajo, la desigualdad aumenta en sentido material, cognitivo y espiritual, y agrava los conflictos debido a la fractura de la identidad cultural, cuya peor consecuencia es la pérdida del sentido social del individuo.
Hemos visto en algunos lugares a gestores culturales promoviendo actividades artísticas como parte de una estrategia de inclusión, y en otros, como una cura para los grandes problemas sociales, y ante dichos escenarios se nos ha interpuesto la pregunta inevitable de si llevar arte y cultura a las comunidades marginales resuelve sus problemas, y hemos llegado a la conclusión de que si la aplicación de actividades artísticas y culturales adonde nunca ha existido carece de estabilidad y planeamiento, el hecho se convierte en un episodio de orden recreativo con los mismos efectos de un concierto, del cual solo quedan los recuerdos del holgorio y la resaca.
En nuestro reciente viaje a México tuvimos la oportunidad de abordar el tema con trabajadores de teatro, títeres, mimo y narración oral del estado de Michoacán, y después de darle vueltas a la situación del arte y la cultura en función del desarrollo social, llegamos a la conclusión, a la que siempre se llega, y es considerar el arte como una función social generadora de conocimiento, y tal vez por eso, poco socorrido por el estado, cuyo objetivo es más el de entretener que el de formar. Pero no fue el debate, el origen de nuestra buena impresión durante este viaje, porque debates todos los días hacemos, sino la oportunidad de compartir una experiencia desarrollada en un lugar del sector rural de la ciudad de Morelia, denominado Tiripetío, espacio geográfico conocido entre los mexicanos como tenencia, por tres damas dedicadas a la narración oral y a los títeres y que por su empeño y seriedad en la materia deben ser mencionadas: Aurea Ortíz Rico, Flora Gallegos y Teresita Sánchez Reyna.
Estas tres damas han tomado como parte de su proyecto de vida, que es la misma narración oral, insertarse en esta y en otras comunidades de características similares, entre las que es notable la ausencia de actividad cultural, para hacer camino al contar, que es casi lo mismo que al andar, porque en los preparativos de cada contada recorren buena parte de la comunidad convidando a los pobladores a sumarse al concierto de palabras que ofrecen en la pequeña plaza central cuyos alrededores terminan ocupados por los aprensivos pobladores, que miran y escuchan, al principio con el recelo que su historia social les ha sugerido practicar, las historias contadas por estas tres damas, que al final consiguen despertar la confianza de los habitantes de la tenencia, pues terminan todos sentados, muy cerca de las narradoras orales, en una auténtica comunión de diálogo tácito.
Este es un ejemplo de inserción de confianza en las comunidades, un sentimiento que se ha perdido en nuestra América y que nos convida a seguir afirmando que la narración oral es un medio de comunicación que sirve, por encima de todo, para recuperar la confianza, porque contar historias es una forma de iniciar una conversación, y ya sabemos que conversando se arregla todo. 

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