Épica

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Para mis cercanos no es un misterio mi calidad de aficionado a los deportes.
En la actualidad a verlos.
Cuando era joven practiqué más de alguno, con resultados bastante alentadores, aunque ahora, para ser honesto, mi entusiasmo se circunscribe a disfrutarlos desde la seguridad de mi hogar y a través de una pantalla.
Disfruto de la F1, del Fútbol internacional, del Tenis, del Boxeo, de la Gimnasia Artística, del Ciclismo, del Hockey.
Es así que en mi fin de semana, nutrido por el gran premio de Canadá en lo automovilístico y por Copa América y Eurocopa, en lo futbolístico; fue bastante atractivo.
¿Por qué será que nos gustan tanto los deportes? (Bien entendidos, no solo se trata de fútbol como quieren hacernos creer los medios de prensa), ¿Qué nos lleva a presenciar eventos de horas de duración sin distraernos en lo más mínimo?, ¿Qué refuerzo nos dan?
Me lo estuve preguntando y esbocé una teoría.
Lo que nos atrae del deporte es la épica.
Épica entendida como lo heroico, lo sobre natural, lo fuera de lo común, lo grandioso. Lo que parece inalcanzable en nuestra cualidad de seres humanos mortales y limitados.
Recuerdo los fines de semana de mi infancia, sintonizando el canal de costumbre y aprovechándome del ritual de ver las carreras para colarme en la cama de mis padres y tomar desayuno allí. ¿Para qué? Para ver a un sudamericano llevar su automóvil más allá de los límites y romper cuanta marca se le pusiera por delante. Para ver a Ayrton Senna conducir bajo la lluvia como nadie lo había hecho antes, para verle terminar primero en Brasil a pesar de que su auto se hubiera trabado en sexta velocidad y darle una alegría todos sus compatriotas estando al borde del desmayo. Para verle hacer lo imposible.
En las tardes el panorama era seguir las epopeyas y proezas del hidalgo Iván Zamorano, quien parecía volar como un helicóptero por sobre los verdes pastos del Santiago Bernabéu deleitándonos con sus acrobacias aéreas y su poder de gol. Lo vimos erigirse como el más grande artillero del Real Madrid y obtener el título de Pichichi: goleador de la liga española. Más cariño nos inspiraba por tratarse de un chileno triunfando en lejanas huestes, sus imposibles nos parecían más nuestros.
Ya mayor me levantaba a horas poco usuales para presenciar, al igual que muchos de mis compañeros del Instituto Nacional, las andanzas de un hidalgo caballero que parecía ser el imposible hecho carne. Poco sociable, bastante excéntrico, zurdo y de baja estatura; pero contra todo pronóstico un genio del tenis. Marcelo Ríos era su nombre.
Recuerdo la primera vez que lo vi, debutando en el circuito profesional con 18 años en el cuerpo y muchos menos en la apariencia infantil de su rostro, ante el número uno indiscutible, el estadounidense Pete Sampras. Dos sets en tie break y el tercero por un apretado 6-4 para el consolidado campeón, pero la tarea no fue fácil.
Ríos mostraba a esa tierna edad su talento y con ello sus condiciones para usar la raqueta de un modo imposible.
Años más tarde sería considerado como la “mejor devolución” del ATP, uno de los más talentosos y hábiles para dar espectáculo en la cancha rápida.
Fue el primer sudamericano en ser número del tenis profesional y hasta el día de hoy solo él ha logrado ser el mejor en todas las categorías de este deporte.
Esta capacidad de hacer “lo imposible” es lo que nos atrae de los deportes, ese dominio de cuerpo y mente que llevan a superarse a sí mismo cada día a quien ha sido elegido para ello.
Y será así hoy y siempre.
Lo fue al ver a Ali volar como mariposa y picar como abeja, lo fue cuando Fangio obtuvo cuatro campeonatos de automovilismo consecutivos, lo fue cuando Pelé jugaba en compañía de Rivelino, Tostao, Clodoaldo, Gerson y Carlos Alberto en la mejor selección de fútbol de todos los tiempos, lo fue cuando Usain Bolt obtuvo una medalla de oro en cada categoría de atletismo en Beijing 2008, lo fue cuando Nadia Comaneci obtuvo un 10 perfecto en Montreal en 1976.
Lo fue también hace algunas semanas en que Verstappen cruzó la meta primero en el gran premio de España con apenas 18 años, 7 meses y 16 días. Lo fue el fin de semana pasado cuando el siempre favorito Brasil fue eliminado de la Copa América en fase de grupos.
Lo posible y lo predecible no atraen ni motivan.
Si el gigante Goliath hubiese vencido a David hasta allí habría llegado la Historia.
Que un alfeñique Arturo no liberara a Excalibur de la piedra que la atrapaba era lo esperable.
Que el Cid muriera y su poder militar lo hiciera con él era algo bastante predecible. Pero eso es justamente lo que no queremos. Que el grande derrote al pequeño no tiene mérito, no nos habla de valor, de honor o gloria como lo hacen estas hazañas.
Y eso es lo que el deporte nos da directamente (cuando se practica) e indirectamente (cuando se le observa). El solo pensar en que podemos torcerle la mano al destino, realizar una proeza fuera del alcance real o imaginario nos llena de satisfacción y orgullo, tanto si lo hacemos personalmente o como parte del colectivo humano.
El deporte es una disciplina, un arte, una pasión. Eso y mucho más.
Quien sabe cuántos “imposibles” más le develará la humanidad como falsos.
Hoy parece imposible saberlo.

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