Indignad@

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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No es que yo lo esté, no es que me sienta así. De hecho ni siquiera sabía bien el significado de esta palabra, tan en boga en la actualidad en la mayoría de las conversaciones de mis compatriotas. Sobre todo en las redes sociales, donde las muletillas y el mal uso del lenguaje hacen gala. (¿Otras muletillas?: Imperdible, primer, #, maestro; palabras que se dicen sin respetar su significado y/u origen).
La RAE, único diccionario que parece dar seriedad a una cita, menciona sobre indignar: “Irritar o enfadar vehementemente a alguien”. Como, para variar, no es explicativo busqué vehementemente: “De manera vehemente”. Continué la búsqueda, vehemente: 1. “Que tiene una fuerza impetuosa, 2. “Ardiente y lleno de pasión”, 3. “Dicho de una persona: Que obra de forma irreflexiva, dejándose llevar por los impulsos”. Muchas gracias RAE, como siempre me dejas a mí la tarea de analizar a que te refieres y cerrar el proceso.
Resumiendo un poco, indignarse implica enojo, ira, pasión, fuerza, carencia de control, irracionalidad, brusquedad…
Complejo.
Porque cada vez que oigo esta palabra está acompañada de algún conflicto.
La destrucción de la fauna marina en el sur de nuestro país, la represión de las fuerzas de orden a toda manifestación ciudadana, al acoso callejero, a la acción de las mineras en el norte del país, al machismo, al descubrir actos de corrupción de personeros de todos y cada uno de los partidos políticos… No hace falta continuar enumerando.
Son situaciones difíciles de afrontar, que provocan impotencia. Son escenarios macabros y malhadados, calamitosos y perjudiciales para la salud mental de nuestro país. Conflictos que con rabia descontrolada y colectiva dudo se puedan resolver.
Como reacción primaria y ahora que conozco, o creo conocer (no gracias a la RAE, por cierto), el significado del trasfondo del indignarse confieso haberme sentido así varias veces.
O los medios de comunicación me han hecho sentir eso, es una reacción primaria y básica comprensible.
Ahora, ¿Qué pasa cuando se transforma en un estado?
Pasa lo que como sociedad estamos viviendo hoy.
Sabido es por la Psicología y otras disciplinas sociales que la tensión y exigencia moderadas (llámele stress si quiere, yo no le llamo así porque soy chileno) contribuyen a mantenernos alerta y a mejorar nuestro desempeño ante ciertos eventos, comprobado está también que cuando se mantienen por lapsos prolongados resultan perjudiciales y hay una merma tanto en la salud mental como en la física.
Y así es que suceden cosas como juntarse con amig@s a almorzar o cenar y escuchar quejas continuas sobre todo lo que les rodea. A permanecer reunidos en un toque de queda mental donde pensar en forma propositiva es inviable y donde es más vistoso aquel discurso que tiene mayor número de adjetivos con carga emocional.
Ver como todo mundo gradualmente se enfada con su situacional vecino en el Transantiago, ser testigo de peleas por las razones más absurdas e inverosímiles en los contextos más inocentes.
En Chile, la más pequeña chispa puede hoy causar una explosión de proporciones.
Me pregunto yo, ¿Sirve de algo seguirse quejando como desde hace años se viene haciendo?, ¿Sirve lamentarse y llorar frente a la televisión viendo los noticiarios?, ¿Sirve de algo seguir sintiendo el mismo odio que sintieron nuestros padres y abuelos?, ¿Sirve de algo positivo todo eso?
Yo creo que no. Nuestro hoy se parece mucho a varios ayeres sobre los que la Historia ya ha escrito, por un lado, y el odio genera solamente más odio, por otro.
Tomando en cuenta que nuestra sociedad, nuestro país, nuestro gobierno no son más que grupos de individuos; si la cosa está mal quiere decir que a nivel individual hay algo que estamos haciendo del mismo modo, mal, tod@s sin excepción.
Basta preguntarse, ¿Qué estoy haciendo por cambiar lo que no me gusta del mundo? Cualquiera que se tome la pregunta a pecho y sea honesto consigo mismo tendrá motivo de reflexión para varias jornadas.
Me vengo haciendo esa pregunta hace ya varias semanas, y me la sigo haciendo cada día.
Como recomiendan los odontólogos, mínimo tres veces al día.
Y es así que poco a poco he dejado de malgastar mi energía en enfadarme, ya no dilapido mi pasión explosiva en reclamarle a un periódico, a la radio y a la cajita tonta. Decidí educarme, decidí aprender, decidí entregar y hacer cosas. Los días se hacen más cortos, me siento más y mejor ocupado, y enfatizo, me siento muy feliz.
Pasé, sin saberlo, de la indignación a dignarme, a construir con mis manos que son lo único que tengo, son mi amor y mi sustento.

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