¡Ay!, ahí hay

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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La variedad del lenguaje más su uso adecuado, incluso relativamente correcto, pueden llevarnos por caminos inexplorados de fantasía compartida entre un emisor y un receptor. Puede transformar un ideario imposible en realidad momentánea y por qué no, en vivencia materializada.
Tildes, sinónimos, inflexiones, ritmos, incluso palabras complejas en desuso, ofrecen una amplia gama de posibilidades a la hora de comunicar o recibir un mensaje.
El cambio perpetuo es la única constante y por supuesto el lenguaje obedece a esta misma regla universal.
Ya lo decía Heráclito de Éfeso en los años 500 A.C.; “Nada es, todo fluye” refiriéndose a esta ley del cambio.
Por supuesto, la comunicación no se ha quedado nunca atrás.
En nuestro idioma basta leer por ejemplo el Cantar de Mio Cid original del año 1.200 y lamentablemente entenderemos bastante poco e incluso nada.
¿Cómo se las hubiese arreglado Cervantes con los emoticones?
Quizás el libro hubiese tenido menos páginas pero menos fantasía aportada por el lector también.
¿La cuerda locura de Don Alonso Quijano hubiese llegado aún más lejos con el uso de híper textos?
Sancho hubiese sido el encargado de mantener siempre la tablet con energía enchufandola al prende cigarrillos de su 4 por 4.
Los molinos de seguro serían generadores eólicos para abastecer de energía a las mega ciudades y Aldonsa tendría su página en Internet como escort de lujo.
En este escenario digital, los emoticones surgen como una necesidad social de nuestros tiempos de comida rápida y amor exprés. Queremos llegar a la velocidad de la luz no sólo para viajar a través del espacio sino para comunicarnos.
Se abrevia, se resume, se omite...
¿Se comunica menos?
El lenguaje escrito y oral están cambiando. La forma de comunicar está cambiando pero no así el fondo.
Sólo a manera de ejemplo, los emoticones han evolucionado; el que muestra rabia ahora está furibundo y el que expresa felicidad ahora parece ser más rabia y la felicidad son sentimientos y por ende, imperecederos.
Las palabras se ven amenazadas por el mundo digital de unos y ceros, de si o no sin la existencia de un quizás en tonos grises.
Por selección natural sobrevivirán las más fuertes que lamentablemente suelen ser aquellas con mayor carga negativa.
El deber irrenunciable de todo narrador oral y de quien esté ligado a las artes de la comunicación, es el de proteger y potenciar las palabras débiles para evitar su extinción.
Amor, tolerancia, fraternidad, familia,... están pasando a segundo plano mientras odio, intolerancia, egoísmo, individuo,... son cada vez más escritas, escuchadas, difundidas.
La vida es un constante equilibrio entre dos polos opuestos pero hoy en día me parece que la balanza está demasiado cargada hacia el lado obscuro de la fuerza. Un poquito de luz no nos haría mal.
No digo que sea imposible pero me cuesta pensar en una cena romántica por teleconferencia con agua mineral y comida de dieta a la luz de una ampolleta Led de bajo consumo.
De igual manera se me dificulta creer en un poema capaz de tocar nuestra fibra sensible, escrito en base a emoticones e híper textos histéricos dando saltos entre ideas inconexas.
Al principio fue el verbo.
Ojala siga existiendo por siempre y aunque mute, como es lo normal que suceda, esperemos que no sea mutilado hasta llegar a un AI, AI AI.

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