Arte en casa

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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Es mucho cuanto hay por decir acerca de las dificultades que afrontan las artes escénicas, con prevalencia del teatro, cuya vulnerabilidad se debe a que su accionar no es nada recomendable en estas épocas, pues algunos sectores del mismo insisten en mantener su objetivo tradicional de someter a un riguroso estudio la realidad, una práctica intelectual cuya puesta en desuso, con proyecto de extinción, se está llevando a cabo a través de la trivialización de la actividad artística.
La trivialización de la actividad artística es una especie de censura que ha estimulado el tránsito de la inteligencia escénica, tradicionalmente al servicio del análisis de la vida, hacia la liviandad de los contenidos, para no alterar la paciencia de un público cada vez menos dispuesto a quebrarse la cabeza haciendo análisis, y para no generar molestias entre quienes deciden a quién o qué se apoya dentro de la gestión cultural, y en consecuencia a quién o a quiénes hay que bajar del escenario para castigar su insistencia de utilizar la actividad artística como un medio para hacer críticas y perturbar la tranquilidad de conciencia de la gente.
La exclusión de los presupuestos de cultura de muchos de éstos sindicados de estar faltando a la coherencia de los livianos tiempos actuales, porque insisten en hacer pensar a la gente con su arte, y se separan de las expectativas de la industria del divertimiento, y siguen considerando el arte como parte del desarrollo de la vida, y no como un instrumento más al servicio del entretenimiento, ha abierto la imaginación gestora de muchos de ellos, y es la razón por la cual han comenzado a proliferar propuestas encaminadas a recuperar a ese espectador potencial, que alega problemas de tiempo, temor de movilización o dificultades para hacerlo dentro de la gran ciudad, y realizar lo que podríamos definir como un teatro domiciliario, y que puede tener su antecedente en la oferta de actividades lúdicas contratadas para amenizar las fiestas familiares.
El espectáculo a gran escala, el que congrega multitudes y permite que, a través de un ritual de algarabía, quien participa en él experimente la sensación de hallarse haciendo causa social, no es el que se encuentra en crisis, sino aquél que se lleva a cabo en la pequeña y mediana sala, en donde las condiciones son propicias para la interacción, y la conciencia puede estacionarse en un lugar que le permita encontrar razones de existencia.
Se trata, por decirlo de alguna manera, de la recuperación, al mismo tiempo, del espacio que otrora era utilizado para alimentar las relaciones sociales, nutrirse del conocimiento de los sucesos del entorno y de paso hacerles un análisis doméstico, llamado sala de recibo, en las cuales se sucedían las visitas, previa concertación y fijación de fecha, de las personas que tenían algo en común, y por ende, mucho qué conversar.
Esta oferta de arte en casa, por ahora dedicada a las artes escénicas de fácil traslado, como la narración oral, debido a su condición portátil, se ha puesto de moda en algunas urbes de América Latina como Ciudad de México y Buenos Aires, en donde personas con trayectoria en las artes escénicas han rehabilitado el espacio social de sus hogares para convertirlo en una pequeña sala de teatro.
Esta es una práctica, cuyas consecuencias vale la pena explorar y por eso volveremos a hablar de lo que hemos decidido nombrar como arte domiciliario.

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