Pokemón Go

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Revuelo mundial ha causado una aplicación de reciente lanzamiento en el sureño continente que habitamos, Pokemón Go se llama, y; por definición, es un video juego de aventura en realidad aumentada que consiste en capturas criaturas ficticias llamadas Pokemón.
Su éxito y acogida en los aficionados fue casi inmediato y rotundo.
Ha habido ya varios episodios que van a quedar por mucho tiempo en la retina del mundo y que han sido noticia, como el ingreso de un joven a la mismísima Casa Blanca, residencia del Presidente de los Estados Unidos, para capturar un Pokemón escaso. El protocolo de seguridad no se hizo esperar y fue igual de severo que si se tratara de la intrusión de un terrorista de estados enemigos, claro que el ver tanta rigurosidad caer sobre un adolescente con un sombrero con forma de Pikachu no dejó de ser chocante.
También se recordará que hace algunos días una horda de fanáticos provocó el caos en Central Park a causa de la aparición de un Vaporeon, pequeño monstruo esquivo y valorado.
Como no mencionar, además, que antes de su lanzamiento ya se especulaba sobre ciertas características sobre el modo de juego y su desarrollo, siendo así que varios chilenos se empeñaron en lograr descifrar el método para determinar cuales serían las Pokeparadas (suerte de almacén y oasis para tomar un descanso y surtirse de los insumos virtuales necesarios para enfrentar la tarea de atrapar Pokemones).
Por otro lado, mucho antes de que viera la luz ya estaba prohibido en ciertos países y ciudades con restricciones especiales dada su condición, tácita, de red social.
Mucha controversia hay en el aire. Los fanáticos lo aman a ojo cerrado, sus detractores lo odian sin tregua y desprecian, muchas veces, a quienes pasan las horas recorriendo las calles en búsqueda de estos ficticios animales.
Me parecen un poco exageradas ambas reacciones. No es mi intención hacer discursos morales ni de buena conducta, pero creo que se ha perdido en la perspectiva el que se trata de un juego y, por ende, debiera ser motivo de un relajado disfrute.
Obviamente que existe detrás una perspectiva de negocio muy lisonjera y jugosa, los más felices con el uso de esta aplicación son los proveedores de telefonía móvil e internet. Ahora, a sabiendas de que la aplicación consume datos y hay que pagar por ellos, si alguien quiere desembolsar dinero e invertir recursos (el más importante de ellos el tiempo) en jugar, no deja de ser una decisión propia.
De todos modos no falta el que quiere imponer su idea desde un auto-proclamado poder cognitivo e intelectual superior y dicta cátedra de que el juego es excesivamente infantil, absurdo e irreal.
Lamentable, es como querer decirle a un niño pequeño que el Conejo de los dientes no existe, que el Viejo Pascuero (Papá Noel o Santa Claus) es producto de la industria para que los padres puedan saber con exactitud lo que sus hijos desean para Navidad. ¿Y qué?
¿Qué se gana con matar la fantasía que otros gozan?
Fantasía es eso, fantasía.
Lo mismo que las historias, cuentos, leyendas, la lucha libre, las telenovelas, muchísimos libros y series de televisión. Fantasía es Netflix, Facebook, Tinder, Instagram y muchos recursos de uso, hoy en día, diario.
La realidad aumentada (o la realidad disminuida, si se quiere) llegó hace mucho tiempo y para quedarse.
¿Quieres destruir la fantasía? Bien, inténtalo, pero el trabajo será bastante y dudo que alguien te haga caso.
¿Quieres jugar? Bien, si eres un niño tendrás a tus padres o a alguien responsable de ti que te ponga límites y te ayude a forjar tu carácter, formando tu personalidad para cuando seas mayor.
Si eres un adulto ya sabrás que hay cuentas por pagar.
De cualquier modo, sé feliz. Si jugar te da buenos momentos, adelante.
Por mi parte, sin moverme mucho y haciendo uso solo del Wi-fi de los lugares en que habitualmente desempeño actividades ya he logrado atrapar más de una decena de Pokemones.
Espero no hacerme adicto a este juego, y te deseo lo mismo.
 

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