¡Oh!, la cultura

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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No es fácil encontrar una publicación relacionada con arte y cultura en la que en cualquiera de sus apartes no aparezca un comentario acerca de los desacuerdos que ocurren en dicho sector y que se convierten en desaciertos y por ende conllevan al incumplimiento de sus objetivos, por lo que casi nunca podemos hablar, sin hacer tránsito en el lamento, de un desarrollo cultural.
Y el problema persiste, porque esos comentarios de que hablamos no pasan del lamento, y generalmente no ofrecen argumentos para ayudar a definir en qué actitudes se originan dichas fallas, que hacen del asunto cultura un accesorio más y para cuyo desarrollo, o mejor, presencia social, no es necesario hacer cuidadosos análisis como los que sí se hacen cuando se habla de finanzas, aunque sabemos que son muchas las convocatorias a simposios para “hablar de cultura” y también cuantioso el dinero empleado para el desarrollo de los mismos.
Varias razones inciden en la debilidad social del tema cultura, y todas a una ayudan a que éste pueda estar o faltar, sin que se produzca desarrollo o detrimento social, porque la cultura generalmente ha sido asociada a lo meramente intelectual, es decir, a una práctica de gente que puede bastarse por sí misma y que además, por no estar siempre del lado del establecimiento no merece toda la consideración del mismo.
Una razón, que se nos antoja fundamental para comprender el tema cultura considerado como algo no estructural, es decir, como una actividad de poca o ninguna utilidad para el desarrollo social, y sí para su decorado, es que la mayor parte de quienes tienen la responsabilidad de administrar el tema carecen de una visión de conjunto frente a éste, porque viven convencidos de que el ejercicio artístico es algo potestativo de los llamados sectores intelectuales, por lo que no prestan atención a las expresiones de la gente sencilla, tienen intereses personales de ascenso social, están comprometidos con una disciplina artística, bien por ser la de sus afectos o porque es la que practican sus amigos, le dan más importancia a la actividad que goza de gran aparato, en detrimento de la doméstica, y aunque muchos de ellos han sido formados académicamente para comportarse como gestores culturales, hacen prevalecer sus intereses personales sobre las razones universales que deben atender para ocuparse de su oficio.
Es por esto que gran parte de la actividad cultural que se diseña y ejecuta no corresponde a los intereses, ni a los gustos (porque también es importante tener en cuenta los gustos) de la colectividad a la cual va dirigida, pues finalmente no puede haber en ésta un interés formativo, porque la misión actual impuesta a la actividad cultural es hacer de su ejercicio una manera de intensificar el impacto social, término asociado a la satisfacción inmediatista, y al entretenimiento desligado de consecuencias colectivas de mejoramiento en la calidad de la percepción.
No es usual que en los famosos cursos, cada vez en aumento, que se ofrecen para enseñarle a la gente a administrar el recurso cultural, se hable hondamente de la utilidad del oficio, ni mucho menos de la trascendencia social del mismo, porque prevalece el concepto de utilidad mercantil del producto artístico, y de lo cual se infiere la muerte prematura del que no consigue trascender las fronteras del mercado.
Eso que llaman cultura, que en esencia se usa para el decorado de los procesos administrativos y políticos, tiene cada día menos relación con el desarrollo integral del hombre, porque su misión es cada vez más la del entretenimiento. 

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