Kau

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Vuelvo a escribir luego de un par de fines de semana sin hacer columnas.
Una suerte de pausa y vacación mental en lo referente a la palabra escrita, no así a la oral.
Desde el 22 al 27 de Agosto tuve el privilegio de ser invitado por Ernesto Arrieta al Primer Encuentro Internacional de Narración Oral KAU (cuyo significado es palabra en la lengua de uno de los pueblos originarios del hermano país de Argentina) a celebrarse en Almirante Brown, Bs. Aires. En el colaboraron el Instituto Municipal de las Culturas de Almirante Brown, Analía Brie, Damián Albarracín, Cecilia Fodor y muchas otras personas a quienes agradecer. Personalmente a quien celebro es a Daniel Martínez, el cocinero que nos atendió como si de majestades se tratase (a mí se me conquista el estómago y luego el corazón).
El Encuentro convocó a cultores de la palabra de Colombia, Venezuela, Brasil, Islas Canarias, Chile y como no, del país anfitrión; Argentina.
Un grupo muy cohesionado en el que hice amigos como Oscar Saxton, Oscar Vega, Edwin Gonzalez, Nyedja Gennari, y en el que tuve la oportunidad de reencontrarme con muy queridas amigas; Vanessa Gutiérrez quien tiene un tránsito permanente entre el viejo continente y América del Sur toda, Marina Bastos de Brasil y las argentinas Julia Esquibel y Manuela Pose, quienes fundaron el proyecto itinerante de narración oral Cuento Con Vos- Salvemos la fantasía (al cual se ha integrado María Eugenia Caamaño).
Podría escribir de muchas cosas acerca del encuentro.
De lo que se hizo bien, de lo que se hizo mal o es perfectible como en todo evento que se realiza por primera vez.
Podría escribir del viaje por sí mismo, podría escribir sobre los regalos que me hice en mi calidad de músico, lector obsesivo y amigo fiel del mate.
Cualquiera de esas temáticas carece de potencia ante lo que más rescato y atesoro de esos días, poco más de una semana, en que estuve en tierras trasandinas. Me quedo a ojos cerrados con la posibilidad de interactuar con los niños del Hogar el Alba, lugar donde nos alojábamos.
Se trata de un sitio que reúne a niños de diversas edades, lugares de procedencia e historia de vida previa, pero con algo en común; se encuentran allí porque sus padres no pueden tenerlos a cargo porque la ley lo impide, por tanto el gobierno es en la actualidad quien se hace cargo de ellos.
Problemas de tipo legal, delictivo, situaciones de drogo-dependencia y muchas otras que pueden inhabilitar a los progenitores para servir de tutores a sus hijos y tenerlos bajo su alero.
Es así que un día libre de funciones, mientras recorría las instalaciones del Hogar, me encontré frente a frente con un pequeño de ocho años, de nombre Leo.
Pareció no prestar atención a mi presencia, inmerso en hacer chocar sus cochecitos. No obstante, alertó la presencia de un desconocido a sus cuidadores a grito vivo. Me di vuelta a mirarle y noté su expresa hostilidad, actitud que cambió drásticamente cuando le señalé a su monitora que era parte del grupo de narradores que se estaban hospedando en el Hogar.
Ella le explicó al niño, y cuando este escuchó la palabra amigo, bajo la guardia.
Poco a poco fue cediendo y me invitó a acompañarle a la “hamaca”. No entendí en principio, pues en Chile se le llama columpio, pero cuando reaccioné estuve unos quince minutos dándole impulso.
Tomé un descanso y me encontré con que el tenía mucha energía aún. Me extendió la mano y puso a mi alcance un puñado de bolitas con las que estuvimos jugando durante lo que quedaba de la tarde.
Much@s otr@s niñ@s se integraron.
Mis colegas narradores volvían de sus funciones y era hora de comer. Me despedí de Leo, que me dijo que nos veríamos pronto.
Por la noche escuché unos golpes en la puerta, era Leo. Me entregó algunas bolitas que había conseguido para mí “Tomá, vos tenés que ganar más” dijo, con una sonrisa que me estremeció.
Le agradecí, le di un abrazo y le dije que se cuidara mucho.
No volvimos a jugar a la troya al día siguiente, pero si hicimos una función para todos los niños que estaban en la misma situación que Leo.
No fue mucho lo que pude hacer por esos niños.
Un par de abrazos, unas cuantas frases alentadoras, compartir algunos juegos y contarles cuentos, mentiras y leyendas de mi país.
Siento que fue poco lo que entregué, y estoy en deuda pues recibí una enormidad.

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