Y si dejo de existir

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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¿Qué pasaría si de un momento a otro yo dejase de existir?
¡Sin duda sería una tragedia de proporciones!
Si pero sólo para mí. O quizás no. Nadie puede saberlo a ciencia cierta.
Por nuestro ego macromegalicamente descomunal pensamos que el mundo difícilmente podría seguir adelante sin nuestra presencia indispensable.
Nada funcionaría como debe ser, lo que terminaría en un colapso total con la consecuente extinción de la humanidad.
¿No será mucho?
Como ejemplo, solemos pensar que de morir nosotros, nuestros hijos también lo harían.
¡No!
Una y mil veces no.
Quizás se les haría más difícil pero sobrevivirían.
Primero la familia, después la sociedad y en última instancia por ellos mismos, lograrían sobrevivir.
La raza humana, al ser de las especies más débiles dentro del reino animal, siempre ha tenido que arreglárselas para sobrevivir.
A veces, quizás demasiadas, cegados por este egocentrismo despreciamos la oportunidad de dejarnos ayudar por otros en el logro de nuestras metas.
Con la complejidad del mundo contemporáneo se hace difícil creer que alguien sea capaz de abordarlo todo como para llegar a un óptimo resultado.
El Renacimiento quedó atrás y hoy es inconcebible la idea de un arquitecto iluminado capaz de diseñar un palacio y sus jardines pasando por la creación de una escultura para el acceso y una que otra pintura para engalanar los salones.
Querámoslo o no, hemos llegado a una sociedad total y absolutamente ínter dependiente;
nos necesitamos los unos a los otros.
La imagen romántica del creador solitario, se hace irreal. De partida porque la preciada soledad es cada vez más difícil de lograr.
El antiguo esquema jefe/empleado está siendo desplazado por el trabajo colaborativo en que cada integrante de un grupo de trabajo aporta desde su experticia para potenciar el logro grupal.
Ya no se persiguen tantos logros individuales sino grupales.
De igual manera en el mundo del arte, el trabajo en modalidad de taller ha captado a grupos y colectivos en pos de la creación.
Un artista por excelencia tiene un ego superior a la media y a través del reconocimiento de sus realizaciones no hace más que reafirmar ese ego.
Superarlo es difícil pero una vez que se haya logrado pasar del yo al nosotros, las posibilidades creativas se multiplicarán exponencialmente.
No todos podemos escribir, cantar, pintar, danzar, dramatizar, esculpir,... de buena manera por lo que sólo imaginen combinar un grupo en que cada uno aporte su don. Esculpir mientras una bailarina danza al ritmo de un violín.
Pintar los silencios de un poema dramatizado.
Cantar la angustia de una tragedia griega interpretada por mimos.
El infinito de probabilidades nos llama a descubrirlo.
Como en todo rito iniciático, debemos morir a una realidad para nacer a otra; morir al yo para nacer al nosotros.
Pareciera difícil y hasta imposible pero se puede.
Quizás mi nombre deje de existir pero mi pertenencia a un nombre mayor, el del grupo, puede ser muy gratificante y sobre todo productivo en términos de creación.

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