Folcloristas y borrachos

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Durante el mes de Septiembre Chile se disfraza de Chile y parece que recordamos nuestras tradiciones solamente en los treinta días que este mes tiene.
El chileno común intenta hacer “payas” sin saber lo que realmente la paya es. Los niños no se visten de huaso sino que se “disfrazan” porque los colegios así lo exigen.
Se comen muchos asados, mucho choripán, empanadas, anticuchos y se bebe bastante.
Adicionalmente, nuestro ciudadano promedio tiene la idea (triste e implantada foráneamente) de que el beber en exceso es parte del carácter nacional y eso es lamentable cuando son los mismos cultores, folcloristas y cantores quienes apoyan esta idea.
Idea que proviene de diversas niveles educativos, clases sociales y nivel de los cantores.
Me da una gran pena y vergüenza ver que en algún espectáculo se ocupa más tiempo en competencias pseudo-picarescas entre los exponentes en escena, para tratar de quedar como más macho por tomar más que el resto.
Lo picaresco se malentiende y se da paso a la vulgaridad.
He visto a payadores, ejecutantes de cueca, bailarines e incluso animadores alardear sobre su gran capacidad para beber derivados del etanol. Al extremo de sacar botellas de entre sus ropajes y dar tragos dantescos frente a un público que quiere pasar un buen rato escuchando (en ocasiones conociendo) la música de raíz y no otra cosa.
Parece ser que es una forma de tratar de generar empatía con el público.
Un muy mal método y, por demás, penoso.
No quiero ser moralista, ni pecar de ortodoxo o gazmoño. Es cierto que en todo encuentro de payadores uno se larga a recitar sus brindis (forma estrófica con carácter festivo única y exclusiva de nuestro país, de iguales cualidades rítmicas y estructurales a la décima espinela) con una vaso en mano.
Muchas veces el vino tinto da un calor especial a la garganta que otros brebajes no pueden entregarnos y nos lanzamos a cantar luego de un par de sorbos de este tan apreciado líquido.
No hay cosa mejor que un vino bien conversado y cantado, con amigos y familiares.
Pocos son los cultores que se marginan de ello, pero una cosa es eso y otra muy distinta es darse la licencia de embriagarse en público.
Pregunto a los folcloristas ¿No se ha puesto a pensar Ud. que su espectáculo es familiar?, ¿Ha caído Ud. en cuenta de que con tal práctica se le falta el respeto a todo el gremio?, ¿Contrataría Ud. a un personaje que presume de sus borracheras para ir a un colegio, universidad o cualquier lugar público?.
Tenemos que darnos cuenta de que el día que nos respetemos a nosotros mismos, a nuestros colegas y a nuestro trabajo, solo ese día se nos abrirán más puertas y nos dedicarán más de los treinta días (menos del diez por ciento de jornadas que tiene el año) en que la gente nos entrega sus oídos, alma y espíritu para mostrar lo que sabemos hacer.
Más terrible aún es escuchar a un folclorista quejarse de que no le dan trabajo y tener en antecedente que su poesía se basa en la grosería, en denostar a otras razas, géneros y creencias. Riéndose del que es diferente y burlándose del que se le pone en frente.
Golpe bajo tras golpe bajo.
Señores, las oportunidades se ganan a punta de buen trabajo.
No mezclemos tradición con malos hábitos, el resultado no beneficia a nadie.
Por mi parte no soy ni quiero ser borracho, mucho menos en el lugar que más respeto me merece: en el escenario y compartiendo con oyentes ávidos y atentos ante lo que les quiero compartir.
Respetar al público es respetarse a sí mismo.

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