Un mundo de olvidos

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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La realidad actual está diseñada para hacer del olvido algo más que un montón de tiempo sobre las cosas y los hechos, porque la construcción de éste es parte de una estrategia para hacer que los antecedentes se confundan, hasta convertirse en algo indescriptible, para impedir cualquier intento de retorno y evitar que la vida se siga construyendo con las tradicionales invocaciones al pasado y los inveterados sustos por el advenimiento del futuro, porque son actitudes que le restan velocidad a un proceso de globalización, cuya misión es la institucionalización del presente.
El olvido no es ya una responsabilidad del paso del tiempo, porque este es manipulado para evitar que su recuerdo mantenga vigentes conceptos como proceso histórico, proceso biológico, o simplemente la sola palabra proceso que de por sí sugiere sucesión, una palabra muy ligada a la expresión tiempo. El olvido no es ya tampoco consecuencia de deficiencias mentales individuales, porque aunque como individuos queramos enfatizar en el recuerdo de algo, la construcción masiva de olvido nos impide hacerlo, y termina el recuerdo convertido en un anhelo individual, sin posibilidades de ser traducido en causa social.
La construcción de olvido es un proceso en el que el fortalecimiento de la ambición, el mercantilismo, y el sentido de competencia se convierten en tres elementos útiles y necesarios para desterrar el hombre que hay en el hombre, y modificar su conducta individual, sin eliminar del todo la gregaria, porque esta última es imprescindible para conjurar los momentos de angustia existencial, que con globalización y sin ella siempre van a existir, mediante el diseño de eventos con mucho peso festivo y poco de pensamiento, que provoque la experiencia de una sensación colectiva, para mitigar los miedos transitoriamente y mantener vigente la palabra esperanza.
La construcción de olvido significa silenciar al hombre por dentro, incitándolo a desbocarse y a compartir su intimidad, no como una forma de averiguar cuánto de común tiene con la de los demás, sino para establecer una competencia. Es, también una estrategia para hacer que cada uno se vaya vaciando. De aquí surgen diseños a los que se les ha querido dar categoría de arte, y cuyo objetivo es incitar al individuo a extraer de sí, sin contemplaciones, sin trabas morales, sin temor a las consecuencias, toda la intimidad que posea, incluidas tendencias, intencionalidades, etc, para competir en audacia.
La construcción de olvido es al mismo tiempo una construcción de silencio interno que pretende acallar aquello que tradicionalmente se ha denominado conciencia, por cierto, palabra cada vez menos mencionada, para borrar los límites morales del individuo y prepararlo emocionalmente para que acepte los términos de una nueva forma de ser, vinculada estrictamente con la búsqueda de logros materiales.
La construcción de olvido es una tendencia tan fuerte hoy en día, que no hay actividad que quiera ser excluida del proyecto, sencillamente porque eso significa quedarse por fuera del mercado, y por eso la artística, que es la única que puede salirle al paso a la estratégica creación de olvidos de la globalización, parece muy dispuesta a convertirse en una aliada de la desmemoria, porque está muy empeñada en satisfacer sólo la necesidad de diversión del receptor.

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