Centro

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Ya no suelo ir seguido al centro de la ciudad. No como en mi época Universitaria cuando era prácticamente un ritual el ir a inhalar gases lacrimógenos al menos una vez por semana al centro urbano cuando los estudiantes organizábamos marchas de protesta contra el dictador Pinochet.
Ahora cuando voy hasta siento una cierta nostalgia por todas las historias de ese entonces.
Un guanaco (carro lanza agua de la policía) averiado en medio de la protesta con un policía bajándose a tratar de arreglarlo ahí mismo, cosa impensable hoy en día porque al aspirante a mecánico lo molerían a patadas.
También recuerdo a las compañeras más combativas apoyandonos con sus mochilas llenas de limones para chupar y sal para ponerse bajo los ojos y contrarrestar así los efectos lacrimógenos. Hoy sólo habrían bombas molotov.
La policia como jugando a espantar estudiantes y los estudiantes jugando a dejarse espantar hasta poco antes de la hora de almuerzo porque protesta es protesta pero no se trataba de pasar hambre.
El tiempo pasa y el centro de toda ciudad se va llenando con historiss avidas de ser contadas.
Algunas originales, otras no tanto, porque el ser humano es uno solo y por tanto sus reacciones son similares aunque cambie el escenario.
En una de mis ultimas excursiones al centro, sin previo aviso, al llegar a la plaza principal fui agredido por una predica evangelica de un fanatismo ciego.
¿El predicador queria seducirme para aceptar a Cristo en mi corazón y que este guiara mi actuar o quería atemorizarme al punto de no tener otra opción más que decir amén o quemarme hasta el infinito de los tiempos en el dolor del infierno?
¿Me tenía que comer toda la comida porque era beneficioso para mi o porque de lo contrario recibiría un golpe que recordaría por siempre?
¿Persuadir o disuadir?
Ni lo uno ni lo otro sino seducir.
Las religiones no solo son necesarias sino imprescindibles para calmar la duda sobre nuestra existencia y sobre todo para darnos esperanzas frente a la mayor de las incognitas; la muerte.
Si tan solo en vez de gritar como un desaforado amenazando con la ira de dios y el sufrimiento perpetuo su mensaje hubiese tenido al menos algunos toques de amor, eso hubiese sembrado la duda en mi sobre la existencia de un misericordioso dios de amor pero con amenazas, jamás.
Detras de el, cuatro tipos uniformados de traje negro armados de pequeñas biblias en la mano listos a proteger al predicador a manera de guardaespaldas y frente a el, solo habían algunos jubilados tomando sol, que gracias a sus audifonos seguramente en mal estado, podían soportar el volumen furioso de su predica.
Uno que otro vago sin destino y un par de perros tratando de dormir, completaban su pauperrimo publico.
Si ese aspirante a predicador tan solo hubiese manejado algunas herramientas basicas del arte de narrar historias, de seguro su audiencia hubiese sido mayor.
Seguramente el se creia a pie juntillas su historia pero ni los perros le movian la cola ni los ancianos se ponian la mano en la oreja para oirlo mejor.
En el centro de toda ciudad siempre hay historias contandose por sus protagonistas aunque algunos de ellos aun no entiendan que por la via del miedo no se logra captar audiencia.
Amen.
 

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