Creerse el cuento

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Creerse el cuento es la premisa necesaria desde la cual comenzar un relato para todo aquel interesado en cultivar la palabra como su medio de expresión artística con la cual exteriorizar de la mejor manera posible sus sentimientos más honestos.
Si no nos creemos el cuento nosotros mismos, malamente podremos seducir y convencer a un público que salvo agradables excepciones, está en actitud de “convénceme”. Nuestra propia duda hará que la falsedad del relato se haga tan evidente que creará un muro de rechazo entre la historia que se pretenda transmitir y el receptor a quien se desee cautivar.
Cuando nuestra razón siempre acechante intenta sabotear nuestra credulidad anteponiendo a la fantasía demasiados argumentos incuestionables de verdades matemáticas irrefutables, nuestro deseo de soñar se ve despertado por la realidad.
El primer aprendizaje de todo narrador debería ser el de vencer su propia racionalidad hasta superar los límites de la realidad para entrar en los terrenos de lo imposible y ser capaz de transmitir esa fantasía que todos añoramos.
Ante la crueldad de una lógica fundamentada en la razón, solo la fantasía puede entregarnos las armas necesarias para escapar de la realidad en la que vivimos a diario, para internarnos así en esos mágicos reinos donde lo imposible se vuelve posible.
¿Pero cómo contarle a un niño la historia del patito feo, escrita por Hans Christian Andersen para darle seguridad en sí mismo cuando hasta donde sabemos los patos no hablan, no tienen conciencia de su propia existencia y menos tienen sentimientos?
¿Es más importante entregarle a un niño valores de comportamiento o valores matemáticos?
¿El cuento del Principito de Saint Exupery es realmente para niños?
Las boas no comen elefantes y es imposible que alguien viva en planetas diminutos sin recursos naturales capaces de sustentar la vida.
¿Entonces como cautivar a un oyente con aquello que sabemos no es cierto?
Por más detalle que incorporemos a un relato, siempre deberemos estar enfocados en aquello que contribuya para armar el relato, dejando de lado una infinita cantidad de variables que conforman la realidad en la que vivimos. Por lo mismo, esos pocos aspectos que abordaremos, los podemos manejar a nuestro antojo en función de potenciar la historia.
En cualquier historia relatada, la verdad como concepto universal no existe ni existirá jamás, es construida a voluntad por el relator para instalarla en el imaginario de su público.
La magia de la palabra nos puede transformar en lo que deseemos, desde una partícula cósmica a un planeta un millón de veces más grande que el sol, desde un animal a una planta, desde un sentimiento a un color, y si desarrollamos adecuadamente un relato, el público también puede ser transformado por el magnífico poder de la palabra bien dicha.
Para llegar a esgrimir este fantástico poder de conversión, primero debemos creer en nosotros mismos para que otros nos crean.
Debemos creernos el cuento.
Debemos creernos nuestro propio cuento

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