Banda sonora de vida

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Hace una semana, aproximadamente, llegó a mi país un amigo a quien no veía hace muchos años. Su talento y su inquietud lo tienen viviendo en Francia por casi una década.
Músico, como yo, tiene por costumbre obsequiarme cosas interesantes en sus visitas. Tendencias nuevas, artefactos que no puedo encontrar en este continente, algún libro o simplemente vivencias que se transforman en tema de conversación, idea y proyecto sonoro.
Soy agradecido de ello, en cada ocasión me entrega algo de sumo valioso.
Esta vez no fue la excepción.
En un céntrico pub, y luego de ponernos al tanto de las actividades que llenan nuestras horas, puso en mis manos un CD.
Pirateado, en un sobre colorido y con una breve identificacón: Vladimir Cosma-Les Mondes Engloutis.
Rótulo que no gatilló absolutamente nada en mi memoria.
- Gracias, necesitaba escuchar música nueva. – Le dije mientras lo guardaba en mi bolso.
- Para nada es nuevo – Respondió, guiñando un ojo y haciendo un gesto de aprobación con su mano.
Misterio.
La jornada me llenó de energía, recorrimos el casco histórico del centro de Santiago. Reconocimos algunos sitios que frecuentábamos cuando aún éramos adolescentes y, llegando la noche, nos despedimos.
Cuando arribé a casa lo primero que hice fue poner el disco compacto en mi reproductor…
Grande fue mi sorpresa.
Efectivamente, no era música nueva.
Tuve que contener la emoción que me despertaron esos primeros acordes tan conocidos y que durante algunos meses de mi infancia canté todos y cada día.
De cuclillas, sentado, tirado en el suelo, en posición de loto o como el cuerpo me permitiese, frente al televisor viendo el añorado programa Pipiripao.
Revivir esas canciones fue estremecedor.
No por la calidad del sonido ni por la armonía del conjunto, ni siquiera por los arreglos o la instrumentación.
No era ninguno de esos “detalles”, que debo reconocer mucha calidad tienen, comparada con la emisión bastante rústica que llegaba desde la ciudad hermana de Valparaíso, provista por una cadena de televisión que carecía de los recursos para entregar un sonido e imagen más allá de lo aceptable y en un mundo donde el HD era materia para guiones de películas de ciencia ficción.
Fue reencontrarme con una obra que de niño valoré mucho, fue transportarme a esa época en que veía Espartaco y el sol bajo el mar (traducción al mundo latino de Les Mondes Engloutis).
Mi amígdala, sitio donde guardamos los recuerdos potentes a nivel emocional, fue remecida con estruendo.
Repentinamente, y a pesar de que los temas estaban interpretados en su francés original, me escuché a mi mismo cantando a viva voz una canción que creí olvidada a fuerza de no oírla desde hará unos veinte años.

… Con Espartaco voy, hacia el Sol bajo el mar,
Mundo Azul que se sumergió,
buscaré tu verdad.
Arcoiris de Arcadia,
con su luz, me guiará…

Pista tras pista mis oídos se devoraban las canciones e intermanente recordaba a que episodios y/o escenas correspondían: El Rock de los piratas, la marcha de Bric y Brac, la Ciudad de Arcadia.
Me sentí de cinco años, por unos cuarenta y cinco minutos. ¿A quién no le produce un regocijo desbordante dicha sensación?
Es la magia de la música, llevarnos al instante a lugares, emociones, amigos, que de otra forma sería muy difícil recordar.
Día tras día asociamos aquello que nos resulta agradable y placentero para conformar nuestra Banda Sonora de Vida.

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