La vocación de muchedumbre

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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El concepto de multitud está prevaleciendo, y quien no consigue generar condiciones en una acción que desarrolle, para poder manifestar en un informe final de gestión que quienes asistieron a su evento formaron algo muy parecido a una multitud, padecerá de frustración, pero además será censurado, y su actividad desprestigiada, por no lograr uno de los objetivos de toda gestión actual cual es reunir gente.
Reunir gente, ¿para qué? Para lo que sea; pero la consigna es reunir gente, porque no existe otra forma de sugerir que algo está sucediendo sino es a través del tumulto, del espectáculo, de algo que produzca ruido y consiga sustraer al individuo del atolondramiento que produce la multiplicidad simultánea de estímulos.
La vocación de muchedumbre siempre ha existido, porque el temor a la soledad, que acompaña al hombre en su viaje por la vida, es un miedo utilizado por el Uno para manipular la conciencia del Otro, ofreciéndole la idea de que cuando se convierte en tumulto las estructuras del poder se vuelven aprensivas y el Uno puede discutir, sin muchos riesgos, sobre su libertad; pero en la actualidad la creación de muchedumbre es un ejercicio sostenido en el tiempo a través de estrategias de estimulación sensorial por medio de mecanismos de comunicación con capacidad para mantener la impresión de colectivo y entre los que se destaca la televisión y las redes sociales. Estos, como se sabe son medios rutinariamente empleados para convocar muchedumbre y darle mayoría de edad inmediata a cualquier idea recién nacida.
La muchedumbre es una forma rápida y de bajo costo de universalizar emociones, sentimientos y pensamientos, porque cuando se está en medio de ella, algo fundamental del comportamiento del individuo, como es su autonomía, empieza a esfumarse, para dar paso a un proceso de uniformidad que hace llegar con facilidad al llanto por cosas que en condiciones normales de individualidad no se llorarían, y a la risa desenfrenada por algo que en sano juicio personal se podría considerar digno de compasión, y no de risa, por su estupidez.
La muchedumbre es un acto que interrumpe la acción ordinaria del pensamiento, porque cuando se está en dichas condiciones existe una tendencia del Uno a observar los actos del Otro para ajustar su conducta a las nuevas condiciones, porque el miedo accesorio de no ser parte de algo le sugiere adaptarse a las circunstancias, para no ser excluido.
La vocación de muchedumbre ha ido borrando en el individuo una de las consecuencias del trabajo cual es la satisfacción del hecho cumplido, porque si no existe el ruido de la multitud como respuesta al hecho individual, éste no existe.
Y como todo es susceptible de uniformarse, por contagio entusiasta, por mantenerse dentro de la competencia, por someterse al vaivén de las convenciones sociales y no estar dispuesto a padecer el viacrucis de la exclusión que debe soportar quien pretende mantener altiva una diferencia, la vocación de muchedumbre también se ha ido apoderando de la actividad cultural, y la está devorando, porque ésta se ha creído el cuento de que su éxito radica en la cantidad de público que consiga convocar y no en las inquietudes que logre despertar en éste, y porque además se está dejando comparar con cualquier otra actividad humana de simple supervivencia, en la que solo cuenta la urgencia material de la vida cotidiana.  

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