37 años

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Hace unos días tuvimos una reunión de camaradería con los amigos de antaño, con los compañeros y compañeras de colegio, esos que durante más de 12 años los unos fuimos una parte fundamental de la vida de los otros.
Al verse todas las mañanas en el espejo lavándose los dientes y afeitándose, pareciera seguir siendo el mismo de siempre aunque el tiempo pase inexorablemente a pesar de nuestra negación por aceptarlo.
Los cambios físicos son evidentes pero tan graduales que somos incapaces de percibirlos en nosotros mismos aunque a la hora de juzgar a los demás no hay nadie capaz de detener nuestros comentarios, por lo general negativos.
Por alguna extraña razón los demás envejecen pero uno sigue siendo el mismo.
Los cambios en los demás son evidentes; más kilos, más arrugas, menos pelos, otras conversaciones, otros intereses en la vida, hijos y hasta nietos. Un porcentaje importante con terapia psicológica, muchos medicados para dormir, para levantarse, para estar conscientes, para dormir,...
Algunos con prosperas vidas económicas, más de un divorcio, algunos éxitos, varios fracasos, caerse y levantarse.
¿Será que nuestros tiempos son tan diferentes?
En la vida sólo el cambio es constante y quien no piense que en "su tiempo" las cosas eran distintas, definitivamente es un bicho raro.
Nada, ni lo malo ni lo bueno tiene la posibilidad de perpetuarse en el tiempo y quien piense que " su tiempo" fue el mejor, está condenado a ser catalogado de retrógrado.
El espacio de confort se basa en lo conocido, en aquello que nos da tranquilidad, espacio en el cual nos sentimos tan bien que no queremos asumir el riesgo de enfrentarnos a la posibilidad de cambiarlo.
Si el ser humano hubiese optado por permanecer en esa tranquilidad del confort, seguiríamos viviendo en cavernas y arrastrando a nuestras mujeres jalándolas del cabello.
El confort es una tentación peligrosa pues nos inmoviliza en el espacio tiempo.
Después de 37 años, nuestras vidas tomaron rumbos tan dispares que la comparación es inevitable.
Mejor o peor que zutano o mengano no debería ser la pregunta.
¿En qué momento de mi vida me encuentro?
¿Cómo mejorar mi futuro y el de los afectos que me rodean?
Al compararse con otro nunca se puede ganar porque la tendencia natural es compararse con sus éxitos y jamás con sus fracasos.
La vida es un vaivén eterno entre polos opuestos de luz y de sombra, de éxitos y fracasos.
Lo fundamental es reponerse de los fracasos porque la vida continúa y debemos aprender de ellos para no repetirlos en la medida de lo posible y gritar a los 4 vientos los éxitos para que estos se multipliquen.
Después de 37 años sin duda estoy peor que algunos de mis compañeros y mejor que otros, dependiendo del aspecto de la vida que se quiera evaluar. Dinero, familia, viajes, experiencias, carrera profesional,...
Cada uno sabe dónde le aprieta el zapato y si aún no sabe cómo ponerse calzado más cómodo para seguir caminando, al menos debería cambiárselos. Nada peor podría pasar.
¿Es difícil?
¡Sí! y aunque a veces parezca imposible; se puede.

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