Contar para advertir

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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No es suposición, es realidad: la tecnología, con su apariencia de estar brindando cada vez más comodidad al ser humano, está estancando el desarrollo intelectual del mismo y diseñándolo para aceptar, sin estorbos de conciencia o de moral, lo que se le plantee, y por eso la vida misma se está quedando sin dolientes, pues solo se busca el disfrute, sin importar las consecuencias.
Son cada vez más los silencios fomentados por el ruido facilista de la tecnología, para ocultar los riesgos de estabilidad de elementos generadores de cohesión social, como el ejercicio del habla, cuya mejor forma de expresarse es a través del relato de historias, porque detrás de todo relato oral hay una historia oculta; pero además, porque la narración oral es una invitación a restablecer una práctica tradicionalmente útil para trasmitir los antecedentes de la sociedad, llamada conversación.
A pesar del silencio impuesto sobre las posibilidades de la narración oral para contrarrestar los efectos del olvido del acervo cultural al que puede llevar el agresivo facilismo propuesto por la tecnología, esta actividad ha cobrado mucha fuerza y por lo cual ha alcanzado popularidad. Ambas características, fuerza y popularidad en una actividad incrementan su capacidad de convocatoria, y como sucede con los negocios exitosos, aumenta de manera exponencial el número de proponentes, narradores orales en este caso, generando la impresión de que este es un arte cuyo ejercicio no exige mayores esfuerzos, porque se tiene la noción de que su objetivo fundamental es el entretenimiento.
Decimos esto, porque en medio de tanta competencia, el deseo de prevalecer, o de vender, como se diría en términos mercantiles, lleva a muchos de quienes ejercen el oficio a utilizar estrategias que debilitan la calidad del producto, en este caso del relato y su relator, pues al primero se le agregan artilugios para el entretenimiento y el segundo ejecuta acciones con poca o ninguna relación con lo relatado, para atraer la atención del público, porque la competencia ordena hacer prevalecer la diversión sobre la reflexión.
El uso del menor esfuerzo para el ejercicio de la narración oral está creando en el entorno de ésta un obstáculo para su desarrollo, debido a la ausencia de discernimiento acerca del porqué y el paraqué de la misma.
El narrador oral, cuya misión ha sido la protección de la memoria colectiva, (no olvidemos que las culturas ágrafas, que proliferaron en nuestro continente, se valían de estos personajes para retener la historia), está siendo empujado a asumir una actitud de simple divertimiento y por lo cual cambia de relato como cambiar de camisa, y dado el carácter de inmediatez de la vida contemporánea, no ata cabos para el desarrollo de su arte, porque ya nada exige proceso.
Somos de la opinión de que el narrador oral, o contador de historias es, por su condición de averiguador de antecedentes, el recaudador de la historia menuda de una sociedad, y por ello es una fuente a la cual debe llegar a beber conocimiento quien investiga comportamientos sociales, para nutrir su estudio.
Es por ello importante que en los foros que se abren para tratar sobre dicha materia se aclare siempre que un narrador oral no es un cuentachistes, ni un animador grupal, ni un comediante sino un referente social con capacidad de ayudar a recordar de dónde venimos y hacia dónde vamos.
El narrador oral debe por lo tanto desempeñar con responsabilidad su papel de protector de la memoria social y por ello utilizar el entretenimiento que provoca el relato, para apoyar al oyente en la interpretación de la realidad.
Contar debe servir para advertirle al oyente qué está perdiendo.  

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