Sensación de felicidad

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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¿Qué es la felicidad?
¿Un estado del ser o una condición para ser?
¿Un concepto con definición absoluta o relativa?
Sin duda alguna, deben existir tantas definiciones para la felicidad como niveles posibles y por lo demás cada uno de nosotros tiene su propia conceptualización sobre el término. Lo que es seguro es que está alejada de la pena o congoja y dista mucho de la efímera euforia.
La verdadera felicidad es aquella que no acepta definiciones acotadas pues nos permite vivir sin tener necesariamente que conceptualizarla. Aunque sea a ratos, nos permite llegar a un equilibrio espiritual gratificante.
Ese equilibrio no es otra cosa que la anhelada paz del ser, tan difícil de lograr.
Está muy alejada de un bienestar económico basado en lo material, por lo que jamás podremos encontrarla fuera de nosotros mismos. Tiene que ver más bien con el auto juicio sobre nuestro actuar.
Nosotros deberíamos ser un todo de juez, jurado, acusador y defensor sopesando la única variable a considerar cuando se trata de llegar a la plenitud de espíritu, y esa variable no somos más que nuestro verdadero ser desprovisto de máscaras y moldes impuestos.
Suena egocéntrico y de un egoísmo extremo pero si logramos llegar al deseado estado de felicidad, sin duda podremos transmitirla.
Quien se desvive por lograr la felicidad de otros, igual está trabajando por la propia. Incluso al privarse, recibe paz, agradecimientos, sonrisas e idealmente amor.
Sin duda el hacer el máximo esfuerzo por lograr la felicidad de otros, alimentará la propia.
El círculo virtuoso es tan real que negarlo sería iluso.
Pero claro, el ser humano vive equilibrándose sobre una cuerda floja entre extremos donde el equilibrio parece ser la clave.
El bien y el mal, el día y la noche, la luz y la obscuridad, el cenit y el nadir, siempre por pares opuestos, cada uno de ellos no podría existir sin la existencia de su antípoda.
Entonces, para ser felices también debemos aceptar la existencia de nuestras penas y congojas. Aceptarlas dista mucho de quedarnos inmersos en ellas dando manotazos de ahogado hasta agotar todas nuestras energías y terminar por ahogarnos sin la capacidad de nadar hasta la orilla para salvarnos.
Quizás sea bueno respirar profundo, dejarnos hundir y al sentir que no podemos bajar más, patear el fondo con esa fuerza residual que siempre tendremos como para salir con energía a la superficie y respirar otra vez.
También es posible que debamos patear dos, tres o más veces antes que el remolino de la vida nos suelte pero de seguro al sentir que hemos logrado superar la adversidad, la felicidad tranquila alejada de la euforia nos hará levantar la vista dispuestos a superar el siguiente desafío y contagiar nuestra felicidad para que otros también potencien su voluntad existencia.
La sensación de felicidad es un estado de duración relativa imposible de mantener en el tiempo pero siempre presente ahí, al otro lado de nuestros problemas.
Buscarla debería ser nuestro norte irrenunciable.
Aunque de vez en cuando extraviemos nuestra brújula vital, siempre, siempre, podremos levantar la mirada para dejarnos guiar por las estrellas

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