Y qué me cuentas

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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El título de esta columna es una expresión coloquial a la cual solemos acudir cuando nos encontramos con alguien, porque la misma puede sugerir una respuesta lacónica, como decir, “nada”, para salir del paso y terminar pronto el encuentro, o desencadenar el apetito verbal del preguntado y llevarlo a contar su historia de vida completa, si hace tiempo no lo vemos.
El término contar está asociado a múltiples interpretaciones, entre las que prevalece la de cantidad, y quizá por ello cuando se utiliza éste atendiendo a una de las acepciones del diccionario de la lengua, cual es narrar un suceso, no resulta cómodo e induce a suponer que quien ejecuta el acto de contar, cuando de narrar se trata, solo está generando entretenimiento para garantizar la permanencia de un encuentro entre personas.
Esta idea convierte el contar en un acto circunstancial, sin la intervención de antecedentes y de objetivos claros, que deben formar parte de todo relato, porque ningún relato está exento de envoltura social.
Lo escrito en los párrafos anteriores nos permite, ahora sí, hacer mención de un comentario del investigador y narrador oral mexicano Jermán Argueta, según el cual, y de acuerdo con nuestra interpretación, la narración oral parece haber entrado en un período de incertidumbre emocional y de pérdida de objetivos, comentario, cuyo trasunto hacemos para no incurrir en inexactitudes:
“¿Por qué hay cuenteros y cuenteras que tienen un gesto duro para contar? Y aunque tengan un buen lenguaje corporal no trasmiten alegría desde dentro de su cuerpo?” Se pregunta Argueta.
La pregunta nos ha invitado a escribir esta nota, porque como promotores que somos de la narración oral, con un historial suficiente como para reclamar el derecho a hablar del tema, en varias oportunidades hemos expresado nuestra preocupación acerca de las tendencias facilistas actuales de esta disciplina, cuya popularidad parece sugerir acceso fácil y proceso sin responsabilidad, pues muchos de quienes suben al escenario fungiendo como narradores orales, por no tener claro qué es narración oral, víctimas de la confusión terminan desempeñando un papel equívoco como el catalogado por Argueta.
El ejercicio de la narración oral, cuyo riesgo de pérdida de objetivos y responsabilidad social crece con el incremento de su popularidad, debe ser discernido y evaluado con regularidad, si no desea recalar en el puerto de la ineficiencia cultural, como ha sucedido con otras disciplinas artísticas cuyo objetivo se ha centrado solo en la complacencia del público y no en la formación del mismo, como consideramos que debe ser la responsabilidad de quien hace arte, porque si bien es cierto que uno de los componentes del arte es el entretenimiento, también es cierto que a lo largo de la historia éste se ha desempeñado como un promotor de rupturas y de puesta en evidencia de la realidad, para movilizar el pensamiento y desencadenar la crítica.
Tocar estos temas significa correr el riesgo del desafecto, porque en esto que llaman narración oral, cuenteros o contadores de historias, ya existen quienes tienen el poder de determinar qué se cuenta, con quién se cuenta y donde se cuenta, y es por eso que Argueta, argumentó, haciendo la salvedad de que no quiere fastidiar a nadie:
“Sencillo, lo digo con afecto pero con transparencia en mi reflexión, porque algo les duele por dentro. Y no quieren liberar sus demonios que los oprimen... Cierto, he visto tantos rostros duros... que en su dureza se desnudan para pretender ocultar lo que traen dentro.” 

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