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Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Como una manera de estar adecuadamente contextualizado con estos tiempos hiper conectados que nos toca vivir; de inmediato hice el link.
Más bien baja aunque para mi metro noventa y dos la mayoría me parece baja, con un par de kilos de más sin llegar a ser obesa, pelo rubio con un corte tipo principe valiente y delatoras raíces negras de un pasado sin tintura, una falda larga raída en el ruedo seguramente de tanto pisarla y un lunar voluminoso casi en la punta de su nariz ligeramente cargado hacia el lado derecho capaz de atraer mi concentración, nariz que por supuesto tenía un montículo a manera de guinda en la torta. Solo le faltaba un pelo negro saliendo de ese llamativo lunar. Estaba muy lejos de ser fea y no le faltaba ningún diente delantero pero a causa de ese lunar que me era imposible dejar de mirar, mi mente se fue irrefrenablemente a los cuentos de infancia donde el protagonista es un niño bueno (yo) y la antagonista solía ser una bruja malvada (ella). De haber escuchado su voz de seguro era chillona y en su cartera llevaba ancas de rana, polvo de arañas y tripas de murciélago.
Ni siquiera quise intentar averiguarlo. No me podía arriesgar a uno de sus hechizos.
Afortunadamente un perfume de mujer con ciertas notas cítricas me sacó de ese espacio tiempo y me llevó a un hormonal amor de adolescencia que daría para escribir muchos, muchos artículos.
Las asociaciones que la mente puede hacer son infinitas ¿pero si de niño no hubiese escuchado historias de brujas malvadas montadas en sus escobas para repartir conjuros a diestra y siniestra, hubiese hecho la relación?
¿Si aquella muchacha con tratamiento de ortodoncia no hubiese usado ese perfume, me habría sido tan fácil olvidar a la bruja?
Por supuesto que no.
Los cinco sentidos y los recuerdos están estrechamente ligados, sobre todo cuando esos sentidos fueron estimulados por una experiencia especial de cualquier indole, sea esta negativa o positiva.
Como el tiempo sabio se encarga de ir diluyendo gradualmente los malos recuerdos, diluyéndolos para hacerlos soportables sin jamás borrarlos del todo y sublimar los buenos como para darnos la energía necesaria que nos permita seguir adelante, los sentidos son los que se encargan de estimular nuestras mentes, primero para fijar la experiencia en nuestras mentes y después para traer esas experiencias pasadas al presente.
Un color, un aroma, un sonido, un sabor, un tacto... de manera individual o conjugados, son capaces de potenciar nuestras vidas.
En la educación, cuando las condiciones lo permiten, por su efectividad son cada vez más utilizados los sistemas multi mediales para transmitir conocimiento.
¿Y si es tan conocida esta característica de efectividad cuando se quiere transmitir un mensaje, por qué no es más utilizada en las artes escénicas?
¿Costo?
¿Dificultad?
¿Tradición mal entendida?
La experiencia circense no sería la misma sin el redoble de tambores antes del salto mortal.
¿Qué pasaría si antes de ingresar a una sala a presenciar una obra de teatro se nos ofreciese alguna bebida relacionada con la obra (gusto), el suelo estuviese cubierto de arena (tacto), se escuchase el ruido del mar de fondo (oído) y la iluminación variase en función del momento presentado en escena (visión) y por qué no, algún aroma especial para ambientar (olfato)?
¿Para qué hacernos los tontos?
El resultado sería realmente espectacular y algún día paseando solos por la playa al atardecer, quizás recordaríamos la obra.
¿Quizás?
¡No!
Absolutamente seguro.
¡A estimular todos los sentidos se ha dicho!

 

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