Un cargo de conciencia

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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A finales del año pasado, del 2016, para más señas, y casi promediando el mes de diciembre, que es cuando la ideología nos metió en la cabeza que se aproxima el fin de un año más, y que es el momento de hacer balance de nuestras actividades, para valorar éxitos y fracasos, aflojé las riendas a mis preocupaciones cotidianas y empecé a pensar en lo que había hecho a lo largo del año, haciendo énfasis en las incorreciones, imprevisiones y desobediencias en las que había incurrido, porque en casa me maleducaron bajo el ejemplo de reconocer los errores con la sola presión de mi conciencia.
No fue fácil llegar a conclusiones, porque ¡ah difícil que es la tarea de autocrticarse!. Y es difícil, no obstante venir yo de una época en la que malgastamos un tiempo precioso haciéndonos este propósito, para purificar el alma, el corazón y la razón, y poder acceder con pudor al título de revolucionario.
Con cada esfuerzo reflexivo hecho en pleno diciembre, época que también incita al olvido, porque después del 31 el pasado queda atrás, se estremecía mi espíritu con los descubrimientos; pero la mayor conmoción espiritual la experimenté cuando descubrí el que consideré mi mayor pecado, sin absolución posible a través de confesión ante sacerdote, ni rezando eternamente, ni lacerando mi cuerpo, ni ayunando, en fin, con ninguno de los artilugios creados por la religión para la enmienda, y es este gran pecado mi deslealtad con quien me ha tendido la mano en los momentos más difíciles, y me ha servido, sin aparentemente pedirme nada a cambio, pues he sentido que aquello con quien he sido infiel solo espera de mí la aceptación de su proyecto colectivo, sin hacer muchas preguntas, ni discernir demasiado acerca de sus intenciones, y me inserte en el rebaño que ha venido creando, con éxito rotundo.
Como la preocupación no me dejaba pasar los días con la holgura festiva y la despreocupación suprema que sugieren los diciembres, decidí forzar la conciencia a responder por sus hechos, y me lancé al análisis de mi deslealtad, para evaluar hasta dónde había sido indiferente con la cortesía y la incondicionalidad que es usual ofrecer a quienes son dadivosos con nosotros.
Revisé mi historial de obediencia, y tuve conciencia real de que no había pagado, como se suelen pagar entre nosotros las cosas que nos dan, con actos de incondicionalidad, obediencia suprema, sumisión, zalamería, entrega de dignidad, silencio cómplice, etc, porque nunca he publicado fotos mías, ni de perfil, ni de frente, de ni de cuerpo entero, ni de medio cuerpo, ni de familia, ponderando a mis descendientes, ni he alardeado de andar trepado en un avión recorriendo el mundo, ni he publicado fotos de cenas de alto estrato, ni he publicado fotos en las que me hallo acompañado de personajes afamados, ni saludo a todo el mundo, ni felicito a todos los que cumplen años, incluidos a los desconocidos, ni le doy me gusta a todo, solo para comprometer al otro y que también le ponga me gusta a lo mío, ni he armado grupos de aplausos mutuos, ni me he tomado fotos abrazando a alguien para demostrarle mi solidaridad, en fin, he sido un auténtico desadaptado, al que Facebook no ha podido conquistar del todo.
Reconozco mi ingratitud con Facebook. 

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