Todos somos niños

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Hace ya poco más de un mes que Chile sufre uno de los incendios más despiadados que ha tenido en su Historia, un vasto cúmulo de focos de fuego en el sur del país que abarca varias regiones.
Si bien estamos acostumbrados a que en nuestra larga y angosta faja de tierra se presenten una o más de estas voraces quemas, en esta ocasión las escenas que se han podido ver han sido verdaderamente dantescas. La cobertura televisiva ha tenido ribetes cercanos a la omnipresencia, no exenta de dramatismo y amarillismo; pero con escaso aporte en lo práctico, con nula orientación al bienestar mental y físico de quienes han padecido esta tragedia, que bien podría haber sido prevenida o mermada en su impacto.
No es el fin de esta columna dejar en evidencia la falta de reacción del Gobierno, la escasa coordinación de municipios y autoridades, la negligencia de corporaciones que trabajan exclusivamente en estas situaciones de emergencia; pero de que la hubo, la hubo.
A pesar de la burocracia y la negativa contumaz de unos pocos, se ha recibido ayuda internacional. Aún contra el juicio de Aarón Cavieres, director de CONAF, arribaron a nuestro país el avión Super Tanker, fruto de las gestiones privadas de una chilena avecindada en Estados Unidos, y la aeronave Ilyushin-Il 76; provisto por el Gobierno de Rusia.
No fue sorpresivo su valioso aporte y su excelente desempeño, aún cuando Cavieres declarara hace un tiempo que “Una aeronave grande no puede descender tanto, por lo que toda el agua que lance desde las alturas no generaría mayor impacto en el fuego. Hemos tenido ejemplos concretos en Chile y España, en donde maquinaria más grande que la existente hoy en la Conaf suelta agua, pero sólo traen una llovizna inútil”, afortunadamente erró en su apreciación.
El resumen de lo que va del año 2017 no puede prescindir del concepto incendio, parece imposible pensar en otro tema. No hay modo de distraerse, ya que los medios periodísticos tarde o temprano nos lo recuerdan. Y, como casi siempre sucede luego de estos eventos, el pueblo ha tenido que encargarse del pueblo; incluyendo como tal a los bomberos voluntarios, que sin descanso han sabido enfrentar este desastre de un modo profesional, valiente y consciente.
Se ha buscado ayudar a los más afectados de diversos modos. El capitalino, más alejado del epicentro del problema, puede cooperar cómodamente a través de una transferencia bancaria que puede, incluso, realizar desde su teléfono personal. Puede enviar alimentos no perecibles, agua, barras de cereal, bloqueador solar y otros elementos sugeridos, a puntos de acopio ya determinados y que administrarán los recursos en el resto del país.
No obstante, en regiones se ha visto una cooperación más activa, organizada y generada a través de redes sociales muy elaboradas. En un país centralizado como el nuestro pareciera que todo lo que se hace proviene de Santiago, o de la Región Metropolitana al menos, hay una suerte de polarización entre la capital y todas las otras regiones, tan distantes en lo físico y emocional para nosotros.
Por ello sentí la inquietud de hacer algo real, enviar un par de cosas y pensar que el problema se resolverá solo no me hace más que cómplice de un sistema frío, impersonal y que evita la responsabilidad. Pregunté, busqué, llamé, escribí y, con gran fortuna, encontré una instancia hermosa cuyo objetivo principal era desarrollar actividades en ayuda directa a los niños entre 5 y 14 años, albergados en los alrededores de la ciudad de Constitución, para así brindar integridad física y psicológica a los menores involucrados en la catástrofe. Su nombre: TODOS SOMOS NIÑOS.
Tuvo por duración poco más de una semana (desde el 30 de Enero al 05 de Febrero), y nació por la iniciativa de María Teresa Urbina, María Paz Tapia, Luis Ayala. Un equipo multidisciplinario, en coordinación con los funcionarios del Colegio Constitución y voluntarios (entre los que me incluía) desarrollaron actividades que buscaban darle a los niñ@s, aunque fuera por algunas horas, instancias de socialización y esparcimiento que les permitieran distraerse del acontecimiento vivido. Un hermoso desafío, considerando que muchos de los infantes asistentes habían perdido sus casas y se encontraban en una compleja situación.
Por nombrar algunas actividades: cuenta cuentos, deportes, talleres, presentaciones de magia, malabares, muestras de distintas artes y/o disciplinas, visitas ilustres (o famosas) y un etcétera bastante dilatado.
La calidad del trabajo realizado habla de la calidad de los espíritus que habían detrás del mismo. En lo personal me hicieron sentir parte de una gran familia que ponía sus fuerzas por completo en la misma dirección, fueron muy amables y acogedores conmigo, mis inquitudes y mis aciertos y errores.
Compromisos previos no me permitieron estar durante toda la duración de esta especie de colonia de verano, aún así, siento que me vine con mucho y que entregué muy poco. Conocí a personas bellísimas, tanto niños como adultos, recibí mucho cariño sincero y sobre todo, jugué mucho. Me llenó el espíritu el conectarme con esa inocencia, con lo transparente que es un ser humano que está viviendo la infancia a flor de piel.
Espero haber sido un aporte, aún cuando creo que mi contribución fue, apenas, un minúsculo grano de arena.
Pateando una pelota, tomando algún helado, conversando, contando algún cuento, pintando algún libro para colorear en compañía de los niñ@s; me sentí niño de nuevo.
Y es que en el fondo, TODOS SOMOS NIÑOS.

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