La aristocracia cultural

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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Aristocracia es una expresión cuyo significado nos remite a imágenes de pompa y poderío, y por eso la consideramos inapropiada para distinguir a un sector de la cultura de entre otros sectores de la misma, porque la idea que se tiene de los gestores de esta actividad es que son personas altruistas, más o menos liberadas de pasiones, para quienes la vida no tiene más objetivo que pensar, y por eso no está entre sus intereses formar parte de ninguna élite, pues su propensión a la crítica de todo aquello que tiene apariencia de injusto e insiste en perpetuar el statu quo, los mantiene al margen de los deseos de poder.
Pero, cuando metemos la cabeza bien al fondo de la realidad cultural y observamos detenidamente su estructura, nos enteramos de que con ésta pasa exactamente lo mismo que con cualquier otra actividad humana, y es que está dividida entre los unos y los otros, es decir, gobernantes y gobernados, que podría entenderse como aristocracia y plebe, términos que no han desaparecido del diccionario, sencillamente porque aún tienen vigor social, pues quien gobierna tiene la tendencia a dejar su herencia de poder a alguien, y quien es gobernado y asume ante este hecho el papel del resignado, también tiende a prolongar en su descendencia la resignación del plebeyo.
La plebe cultural posee características muy similares a la plebe de cualquier otra actividad, y una de ellas es la esperanza de que algún día saldrá a flote, como consecuencia de su trabajo, y será redimida de la exclusión, y a la que por andar pendiente de dicha esperanza, la mayor parte de la vida se le va en deseo, como al pobre y al feo, según reza el refrán.
Ésta cree a pie juntillas en la culturización y en la educación como prerrequisitos para ascender socialmente, y por eso se comporta como una masa ansiosa de constructores de formas, que pueden terminar llamándose arte, dependiendo de si tienen la suerte de encontrarse de frente con un azar empujado por la fortuna y ayudado por las opiniones de quienes forman parte de la aristocracia cultural y se creen por ello con la potestad de decidir a qué debe llamarse arte, e inducir a los demás a tomarlo como un axioma.
La plebe cultural es una fuerza productiva que, sin darse cuenta, igual que le ocurre a la plebe de cualquier otro sector de la sociedad, se convierte en la razón de ser de la aristocracia de su sector, porque ésta, convencida de su derecho de decidir cómo nombrar cada cosa y como movilizarla socialmente, también se cree con el derecho absoluto de planear la promoción del producto de dicha plebe, si termina calificado por ella de arte, claro está, y de su distribución.
Esta aristocracia es la que tiene a su cargo definir cuándo un escrito puede ser llamado literatura, o unos trazos, relievados por unos cuantos colores deben llevar el honroso nombre de pintura, o cuándo a una piedra dentro de la cual ha entrado el cincel debe llamarse escultura, y qué debe entenderse como música. En fin, es ella la que decide cuál actividad de dicha plebe puede recibir su bendición, y alcanzar la gloria, y cuál se queda en la tierra, porfiando con el deseo y la esperanza.
Y, como toda aristocracia, la cultural no sufre las consecuencias de ninguna crisis, y por eso su posición de privilegio permanece inalterable, “para que pueda andar tranquila, en pos de la solución de los problemas de la cultura”.
Es por eso que a pesar de la crisis económica, que en todo el mundo se dice que vivimos, utilizada como pretexto para justificar el recorte de presupuesto a la formación y a la creación, actividades de las cuales se ocupa la plebe cultural, no ocurre lo mismo con los recursos destinados a la convocatoria de simposios, conversatorios, conferencias y demás reuniones de diagnóstico, a los cuales sólo van quienes tienen el derecho natural de nombrar, calificar y decidir, porque éstas son acciones que forman parte de una estrategia encaminada a fortalecer la unión internacional de la aristocracia cultural (UINACUL).  

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