Alfombra roja

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Históricamente, la primera referencia a una alfombra roja aparece en la obra de Esquilo, Agamenón; escrita el 458 A.C. Cuando el hijo de Atreo, rey de Micenas, y de la reina Aerópe vuelve como vencedor de la guerra que mantuviera con los troyanos. Clitemnestra, su vengativa esposa, le ofrece culto y homenaje mediante este ritual, propio en ese momento de los dioses. Por esta misma razón es que Agamenón decide no recibir tales honores, declinando ante la invitación de su mujer.
Muchas versiones hay sobre la muerte de Agamenón y como fue perpetrada, pero según Esquilo fue asesinado por la propia Clitemnestra, presa de los celos de Casandra con quien el héroe engendrara dos hijos, y por haberse rehusado a recibir el homenaje que le habían preparado luego de combatir en Troya por varios lustros. Mientras Agamenón tomaba un baño, la pérfida reina de Micenas la lanzó una red en la que le atrapó, para más tarde propinarle tres violentos golpes con los cuales le quitó la vida.
Mucho tiempo pasó sin que la literatura, ni la poesía dirigieran su inspiración hacia las alfombras rojas. No obstante, en las pinturas de la época renacentista es frecuente observar retratos de reyes y figuras de autoridad donde se incluye este ornamento en los tronos y habitaciones reales. En el siglo XIX se adoptó, como parte del protocolo gubernamental y militar, el recibir a los magistrados y gobernadores con el bermejo artificio.
Para el año 1961 la Academia implementó el uso de la alfombra roja en su ceremonia de gala, siendo por primera vez empleada fuera de las relaciones políticas entre países. Recién en 1966 se pudo apreciar con toda su magnificencia el espectáculo provisto por el carmín tapete, cuando las transmisiones televisivas se vieran nutridas con la magia del color. De ahí en adelante los ribetes que adquirió la ceremonia se otientaron a dictar tendencia en moda, estilo y diseño. Propiamente un desfile, donde los rostros y celebridades del cine mostraban todo su esplendor.
Hoy por hoy, decir alfombra roja se orienta a alzar la figura y relevancia de los “famosos”, que no son otra cosa que los personajes de turno ensalzados por la televisión. Sin aristocracia de por medio, sin características ni dones de mando, alejados de la política, distantes al talento y carisma. En una alfombra roja, como la que hace algunos días tuviera lugar en Viña del Mar, el punto clave es lucir, verse bien y “dar que hablar”. Lamentablemente solo por el envase y el atuendo utilizado.
En su versión número 58 (televisada) se ha incluido como algo que, para muchos, es tradición; obviando que en el sur y centro del país aún hay personas que no tienen un techo donde dormir fruto de los incendios forestales que sufriera Chile por más de un mes. Un desfile de vanidad, de lujo, de boato innecesario; esta es la causa de que se haya disfrazado tanta banalidad en lo que se traducirá, finalmente como un evento benéfico y solidario. La mayoría de los presentes en la alfombra roja donará sus ropajes a un remate que tendrá como objetivo la reconstrucción del país.
Poco se ha hablado de ello, no se ha propuesto una meta monetaria estimada del monto a conseguir. No se ha mencionado a que lugares específicos se hará llegar el aporte, ni como se piensa entregar. Curioso y llamativo es que tratándose de un Festival Internacional de la Canción, tenga participación masiva de figura de televisión (actores, animadores, conductores, opinólogos, panelistas de programas y sus parejas) y tan escasa aparición de personajes del mundo musical.
Como todo evento de la televisión abierta chilena, huele bastante mal. Durante toda franja horaria el tema era que lucía tal o cual, sus méritos para estar en el selecto grupo de los mejor vestidos, el nombre del diseñador, el elevado precio de las prendas. Noticiarios de madrugada, matinales, programas de farándula de medio día y vespertinos, noticias a la hora de almuerzo, noticias de horario central, noticiario al cierre, programas de horario estelar; la misma cantinela: la alfombra roja. Pasando y repasando las mismas imágenes una y otra vez.
¿Los incendios forestales? Ya no existen, los aviones que llegaron como ayuda desde lejanos continentes para aplacar el fuego ya no dan sintonía, pues no están en territorio nacional. ¿Ir de corresponsal a Laguna Verde, Constitución, Santa Olga u otras ciudades?
No vale la pena, el televidente ya lloró bastante.
No dará más rating, a esta altura, ver a un sobreviviente rescatado de una casa transformada en hoguera y preguntarle: ¿Qué sintió al ver como se quemaban todas tus pertenencias?, ¿Qué se siente perder a un ser querido?, ¿En qué va a trabajar? y otra batería de interrogantes desarrolladas para crear drama y sacar provecho de la tragedia. Preguntas no sentidas y sin sentido, cuya respuesta no era protagonista, salvo que incluyera alguna lágrima de parte del interpelado. Rating ante todo.
Las llamas ya no brillan con la misma intensidad que un ambo con lentejuelas o que un collar de perlas, no es trascendente que con el costo del peinado de una modelo se puedan comprar dos o tres mediaguas.
Ya la televisión nos entregó demasiada humanidad, hay que dejar espacio al glamour…

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