Experimentos con la verdad

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Libros, caminos y días,
dan al hombre sabiduría.

Proverbio árabe.

Entre las muchas cosas que mi padre me ha heredado está el gusto por la lectura, ese incesante afán de buscar otros mundos a través de la palabra escrita. Aunque le costó bastante transmitírmelo en primera instancia, ya que de pequeño su biblioteca colosal me intimidaba, a la larga lo logró. Fue difícil, nada más distante para un niño que esos volúmenes de inabordable extensión, con letras de tipo muy pequeño y exentos de ilustraciones. Algún día me dijo, no recuerdo muy bien que frase usó exactamente, que siempre hay un libro preciso a leer para aquello que nos pasa en un determinado momento, la magia es buscar y el mejor obsequio que nos puede dar la vida es encontrarlo.
De allí en adelante me hice socio de varias bibliotecas para, consciente o inconscientemente, hallar lo que mis dudas de niño y/o adolescente requerían. Lamentablemente para mi progenitor mis ojos se situaban siempre a distancia de los libros de Historia de Chile, principal motor de su anhelo de coleccionista.
Se me hacía fácil leer, a mi entrada al colegio lo hacía con fluidez, con precoces cuatros años entendía bastante bien el lenguaje escrito. Recuerdo haber leído con avidez la colección completa de los libros de Papelucho, célebre personaje creado por Marcela Paz, cuando estaba en primero básico. Plasmado en mi memoria también se encuentra el asombro de mi madre cuando en menos de una tarde devoraba algún texto, pues pensaba que solo pasaba los ojos sobre las líneas, sin ánimo alguno de retener o comprender y solo por cumplir. Me hacía largos cuestionarios, me pedía que resumiera las historias, los cuentos, las pequeñas novelas que en ese tiempo leía.
Mac, el Microbio desconocido, de Hernán del Solar; La luna era mi tierra de Enrique Araya; las fábulas en verso de Concepción Arenal son algunos de los títulos que aún atesoro con cariño, y que retiene mi memoria, ya sea leyendo en voz alta mientras mi madre cocinaba, hacía la limpieza o lavaba la ropa. Leídos por propia motivación y sin exigencia por parte de la escuela, como debe ser.
Se transformó en un hábito la lectura. Y es así que estando en educación media me lancé sobre temáticas ostensiblemente más densas.
Nietzsche, Rimbaud, Benedetti, Huidobro, Neruda, Cortázar y Borges eran objeto de mi avidez; por interés literario y porque se les podía hurtar uno que otro párrafo para ir en la conquista de las féminas a quienes mis hormonas veían como cercano objetivo.
Llega un momento en que uno deja de buscar, pareciera que el libro mismo lo busca a uno, juegas con el azar y recibes lo que te ofrece. Miras los estantes y en medio de tanto material, una obra determinada te guiña un ojo.
Así fue que, hace un par de días, me encontré con un tesoro especial, Experimentos con la verdad de Paul Auster. Lo pedí prestado en una de las sucursales de Bibliometro, sistema de préstamo implementado por los trenes subterráneos urbanos, en la primera edición en español de Anagrama (2000). Su colorida portada de un amarillo limón intenso me atrajo y sedujo. Se compone de varias obras que por sí solas no podrían ser más que un pequeño ensayo o bien no pueden ser definidas por su variedad y libertad de formato, muy interesante y de una fluida lectura.
Recomiendo especialmente su capítulo: El cuaderno rojo, una serie de vivencias del autor de marcado corte biográfico, que muestran el juego entre la realidad y la fantasía. Son un grato acervo de hechos insólitos que parecen estar guíados por la casualidad.
Para mí fortuna, calza justamente con lo que necesitaba leer. Muchas semanas me lleva rondando la misma idea, ¿Qué habría pasado si…?
¿No me hubiese animado a ir a clases de viola a las 7 am en el colegio?
¿No hubiese aceptado el desafío de abordar el guitarrón?
¿No hubiese tomado ese taller de narración que se dictaba a un horario tan incómodo?
¿No me hubiera aventurado a vivir en esa ciudad lejana para estudiar Psicología?
Paul Auster confiere a la “casualidad” la magia que le corresponde, ese es el eje de esta obra. Alguien que haya leído este libro, sea o no creyente, se dará cuenta de que los milagros sí existen. Uno muy patente es el curso que ha tomado nuestra vida gracias a decisiones que en su momento parecían pequeñas e inocentes, tal vez hasta inocuas.
Para mí, el mismo hecho de haber elegido esta obra y no otra; por casualidad, ya constituye un hermoso milagro.
 

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