Acuario

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Ayer me tocó almorzar en un agradable lugar con una decoración total y absolutamente kitsch.
En un barrio antiguo de mi ciudad donde seguramente la propietaria de la casa tan antigua como ella misma y el barrio, para sobrellevar con dignidad su miserable pensión, había decidido convertir su casa en un restaurant de almuerzos, lo que en mi país se conoce como una picada. Cocina razonable y muy barata pero lo mejor de todo era la decoración total y absolutamente ecléctica.
Se notaba que la abuelita había echado mano a sus recuerdos atesorados en objetos. Varios abanicos colgados a manera de cuadros sobre los muros, castañuelas de diferentes tamaños y colores sobre la plaga de mesitas de arrimo que estrechaban aun más el pasillo, un afiche publicitando una corrida de toros con el famoso torero desconocido de su esposo ya fallecido y algunas botellas de jerez vacío daban cuenta de como muchos latinos de seguro tenemos algún antepasado español.
Se notaba que le gustaban los perros, pero los de cerámica porque de seguro daban menos trabajo.
Varias pipas en estado inutilizable, de seguro de su marido torero capitán de barco, de los cuales había un sinnúmero encarcelado en su universo azul al interior de una botella.
Muchas reproducciones de regular calidad enmarcadas en bastidores de peor calidad, casi no dejaban un centímetro cuadrado de muro sin cubrir.
Conseguimos sentarnos en una mesa del jardín, un espacio de 2 por 8 metros contenido por otras edificaciones vecinas de 2 pisos y más. Me sentía como en un tubo geométrico a punto de ser disparado hacia el cielo.
Así como en el interior los cuadros cubrían los muros, ahí afuera eran los acuarios con tortugas, peces de colores, algas o solo agua con piedras los encargados de ambientar.
Hubiese jurado que de tanto en tanto, ese pez rojo de cola etérea se pegaba al vidrio para mirarme mejor. Por un rato desaparecía entre las burbujas del cofre pirata aireador, se daba algunas vueltas y volvía a mirarme.
¿Sería que aburrido de su océano artificial buscaba algún cómplice para escapar hacia la vida?
Poco a poco comencé a empatizar con el hasta que me di cuenta que cada uno de nosotros vive en su propio acuario de reglas, limitaciones, leyes, usos y costumbres.
Obviamente en cada nuevo intento de comunicación mi reflexión se profundizaba hasta casi dejarme al borde de la depresión.
Era el dueño absoluto de su acuario, de su vida, aunque el precio de la soledad me pareció demasiado alto.
¿Y yo?
Entonces me di cuenta de la enorme diferencia entre ambos. Él dependía total y absolutamente de la abuelita para vivir algún día en un espacio más grande, en cambio yo solo dependía de mí y de mi voluntad para empujar los límites de mi espacio vital hasta llevarlo más allá de la imaginación.
El horizonte siempre podría estar más lejos, solo y solo si yo hacía lo necesario.
Conocer para ser es la mejor forma de vivir en un acuario infinito.
Y con conocimiento no solo me refiero a un conocimiento científico sino que a visitar paisajes desconocidos, conocer gentes nuevas, experimentar sentimientos, probar sabores exóticos, escuchar música de la buena y de la otra también, aprender algo nuevo cada día,...
Después del postre tuve toda la intención de secuestrar al pez rojo, evalué si yo podía darle una mejor vida y decidí dejarlo en su acuario de fantasía kitsch mientras yo me dedicaría a empujar los límites del mío.

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